Tanzania y la no despedida

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Y África los cambió a todos, haciendo de Livingstone un explorador, de Baker un formidable narrador de historias, de Burton un neurótico vagabundo, de Speke un héroe trágico y de Stanley un conquistador. A la postre, uno por uno cayeron seducidos por el mal de África. Y todos murieron soñando con regresar. El sueño de África, Javier Reverte 

 

Hace ya más de dos meses que dejé Tanzania.

Aunque en este tiempo -unos insignificantes sesenta y pico días en el total de una vida- no he levantado ni un segundo el pie del acelerador, entre otras cosas, para no tener tiempo de pensar en ella. Para no añorarla, no soñarla, no lanzar mis pensamientos contra su distancia, no buscar explicaciones, ni pedirlas, ni rememorar mis días felices cubiertos de polvo y nostalgia. Mis días de libertad.

Para no echarla de menos.

Llevo solo sesenta y pico días lejos de ella. Sesenta y pico días con sus sesenta y pico noches que parecen sesenta y pico vidas. Sesenta y pico eternidades.

La mirada de Tanzania
La mirada de Tanzania

Y mientras tanto ella, Tanzania, me mira a lo lejos, con esa mirada que tienen los recuerdos cuando todavía están calientes, y con el deje de reproche que siempre se cuela en los ojos de los abandonados.

Me mira en silencio, con los ojos de todas las personas que conocí allí: las buenas, las malas, las imprescindibles y las insignificantes. Me mira con rabia, con pena y con cariño. Me mira sin entender qué nos pasa, o qué nos pasó. Sin saber si volverá a pasar algo entre nosotras.

Y yo no sé qué responder a su mirada puntiaguda.

Me pica, me quema, me abrasa.

Y no me salen las palabras.

Lavando la ropa entre cocodrilos en el Lago Victoria
Lavando la ropa entre cocodrilos en el Lago Victoria

No me despedí de Tanzania porque aún no estaba preparada para separarme, para volver, para dormir el sueño que solo acababa de despertar. Porque todavía quedaba una inmensidad por conocer y porque sus fronteras fueron durante meses para mi la puerta al resto de África, a mi sueño más humilde y profundo. Y estaban ahí, tan cerca, y yo de repente alejándome tan rápido, en un avión cualquiera, de vuelta a una vida que ya no era la mía. Supongo que pensé que si no decía adiós era como si no me marchara. Así que solo dije hasta luego, con la boca pequeña, como quien cuenta una mentira sabiendo que nadie va a creérsela.

Dije hasta luego, no hasta pronto ni hasta mañana. Solo hasta luego. Hasta dentro de un rato. Como si fuera un martes cualquiera por el camino de tierra que va hasta Newland y no la última vez que lo pisaba, como si las cañas de azúcar del TPC fueran a estar esperándome ahí a la mañana siguiente. Y en realidad estaban, y lo siguen estando, solo que soy yo la que nunca volvió a recorrerlas con la mirada emocionada.

Los caminos infinitos de Machame
Los caminos infinitos de Machame

No me despedí de Tanzania porque, aunque hacía tiempo que sabía que tenía que irme, no quería hacerlo. No quería irme. Nunca me importó tan poco lo que pensara nadie como cuando viví en Tanzania, y os aseguro que así es como debe vivirse una vida: para uno mismo. Con libertad.

Es verdad que hubo momentos difíciles, otros duros, otros raros y otros tristes. Es verdad que lloré a veces, que estuve sola, que tragué polvo y que tuve miedo. Es verdad que a penas dormía más de cinco horas seguidas y que pasé hambre hasta la tercera semana. Pero también es verdad que fui libre, sincera y profundamente yo.

Y aún así, no era el momento. O lo fue totalmente.

Tal vez no era el momento de dejarlo todo e irme “a vivir a África” o tal vez fue el momento perfecto. Hay tantos tal veces y ojalás en mi cabeza que ya no sé distinguir lo real de lo imaginario. Lo que sí sé, es que todo cambió después de Tanzania. O todo explotó, más bien. Aunque ni siquiera fue Tanzania. Ese país que tanto quiero y anhelo ahora, desde el invierno del mundo, no fue más que el telón de fondo para la tragicomedia que yo ya llevaba de casa. Ahora sé muchas cosas que antes ignoraba, como que solo quería escapar y después de tanto correr, lo único que conseguí fue quedarme atrapada… Me atrapó Tanzania.

Como me dijo alguien en mis últimos días en Moshi “a África no se viene a escapar. Los problemas, a diez mil kilómetros de distancia, no desaparecen: crecen”.

Pero allí era fácil ignorarlos
Pero allí era fácil ignorarlos

Me hacían feliz los niños y sus caritas sucias, las clases de yoga, Susan y la ilusión que yo nunca tendré por una boda, Samuel y sus pequeñas mentiras para conseguir sacarle algunos shilings más a cualquier muzungu, el aire que faltaba en mis solitarios y emocionantes viajes en dala dala, los niños que me cuidaron en Mwanza, mis ojos dilatándose para conseguir abarcar tanta belleza salvaje… Fui feliz con pequeñas e insignificantes cosas a las que nunca hubiera prestado atención en España. Fui feliz a pesar de la tristeza que siempre me acompañaba en el corazón.

Pero también me hicieron infeliz algunas personas y situaciones que viví allí y que me distanciaron del lugar en el que estaba. Y sin dinero ni ilusión solo había una salida posible: volver a casa.

Susan radiante el día de su pedida de mano
Susan radiante el día de su pedida de mano

No me despedí de Tanzania porque no quería despedirme. Pero tampoco voy a mentir, mi último mes en Moshi se alejó bastante del dulce sueño que me había llevado hasta allí. No quería volver a España pero tampoco quería pasar más tiempo donde estaba. Fueron un momento y un lugar inadecuados los que me robaron la ilusión, las ganas de escribir y de transmitir lo que estaba viviendo.

Me sentí atrapada en lo que había sido “la cuna de mi libertad“. Y cuando eso se entremezcló con el drama que había dejado esperándome en casa, Tanzania, mi sueño de África y todo lo que me había llevado hasta allí, me explotaron en la cara.

Y este blog, al igual que todos los sentimientos puros y sinceros que nacieron en mí durante mi primer mes en Tanzania, se quedaron descansando en algún lugar oscuro de mi corazón, guardados bajo llave en una cajita de madera tallada a mano que compré en Zanzíbar para la ocasión. Esperando a que pasara la tormenta para revivir y revivirme.

Para devolverme el sentido.

Pasando la tarde en Arkaria
Pasando la tarde en Arkaria

Y ahora, después de sesenta y pico días con sus sesenta y pico noches lejos de Tanzania, parece que llega la calma. La tormenta se alejó hace unos días, y las nubes negras que me bloqueaban la mente dieron paso a un cielo muy muy azul con un sol muy muy frío, pero sol al fin y al cabo. Todo sigue siendo raro, pero al menos ya puedo pensar en Tanzania sin sentir ese pinchazo de no-sé-qué-cojones en el alma. Al menos ya puedo mirarme a la cara. Al menos me vuelven a salir, aunque a trompicones, las palabras.

Ahora vuelvo a tener puesto un disfraz de “persona normal”. Vivo y trabajo en Brighton. Pago un piso carísimo (un mes de alquiler en Brighton es igual a 8 meses de alquiler en Newland…) y me preparo para volver a estudiar. También, contra todo pronóstico, he conocido gente maravillosa que me ha devuelto las ganas de ilusionarme con la vida (¡sabía que existíais, solo tenía que encontraros!) y hago planes leves de futuro que siempre terminan igual en mi cabeza: en un avión rumbo a cualquier parte de África.

En la isla de Ukerewe, unos niños reciclan juguetes de la basura
En la isla de Ukerewe, unos niños reciclan juguetes de la basura

Porque la vida de persona normal no va conmigo. Ni el frío de Europa -y no me refiero solo al tiempo-, ni las aceras limpias de polvo. Y sé que no estoy loca y que somos muchos los que sentimos lo mismo. Vivimos camuflados entre la gente normal, con ropa normal, trabajos normales y el pelo limpio. Pero en cuanto nadie mira, cogemos la mochila, las botas y nos volvemos a llenar de polvo, y volamos raudos rumbo a la vida.

Ahora mi sueño de África duerme en esa cajita de madera tallada a mano que compré en Zanzíbar. No veo baobabs en mi camino al trabajo ni meriendo samosas de patata por las tardes, ni cuento estrellas desde ninguna terraza de ningún hostel a los pies del Kilimanjaro.

Pero tampoco vivo soñando con pisar África por primera vez ni me imagino los colores y los sabores que tendrá esa tierra misteriosa y lejana que a tantos antes que a mí ha robado el corazón. Ahora la palabra se llama volver y, qué queréis que os diga, soñar siempre ha sido la forma más sencilla de mantener el alma viva.

tanzania_08

Soñar con África.

Esa es mi vida.

Hasta que la vuelva a pisar.

 

2 Comment

  1. Pájaro Mojado says: Responder

    No dejes de escribir, en serio.

    1. M. Ares says: Responder

      Gracias P 😉

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