Mwanza y mi huída atropellada

tanzania

 

Y en ese mismo instante en que el mundo que lo rodeaba pareció desvanecerse y él se quedó solo como una estrella en el firmamento, en aquel momento de frialdad y de desánimo, se irguió un Siddhartha más sólido y fuerte, más posesionado que nunca de su propio Yo. Se dio cuenta de que aquello había sido el último estremecimiento del despertar, el espasmo final del parto. Y al punto reanudó su marcha, con paso rápido e impaciente…; mas no a su hogar, ya nunca hacia atrás. Siddharta – Herman Hesse

 

De todos los lugares que he utilizado para huir últimamente, Mwanza gana por goleada. Una mañana rara me desperté y me dejé llevar por uno de esos arrebatos de sinceridad y al día siguiente estaba de camino a la ciudad enrocada. Ni siquiera lo pensé demasiado y conocernos nos ha cogido a las dos un poco por sorpresa pero, como siempre, todo lo inesperado es lo que más vale la pena.

Mi mes de julio no fue como esperaba. Decidí quedarme en Moshi más tiempo del planeado y tal vez me equivoqué, aunque todavía no he cogido la distancia necesaria para saberlo a ciencia cierta. Pero al volver de Zanzíbar nada fue igual, aunque las mismas mamas siguieran vendiendo las mismas samosas en la misma esquina, aunque mi trabajo allí siguiera siendo igual de gratificante, aunque el sabor del pollo en el Chaga Grill siguiera siendo el mismo y aunque el Kili siguiera asomándose cada atardecer para despedir los días, nada volvió a ser igual.

Y al final, me di cuenta de que es cierto eso de que no importa el lugar, sino las personas, y no encontré, al volver, las personas adecuadas. Las personas que necesitaba. Eché de menos por primera vez desde mi llegada a Moshi y eso me fue distanciando más y más de un lugar que me había concedido tantos deseos.

Aunque pese a todo, siguió (y sigue) siendo mi hogar.

Mis primeras vistas de Mwanza: azul y verde
Mis primeras vistas de Mwanza: azul y verde

Pero lejos de debilitarme, esos días de julio en los que estuve enferma, gris e incomprendida, y en los que volví a hacerme la eterna pregunta de si estaba donde tenía que estar, me hicieron más fuerte. Y me hicieron insensible ante ciertos sentimientos que resultaron ser los que nos vuelven débiles. Así que, más invencible que nunca y con el miedo fuera de mí para siempre, planeé una nueva huída. De madrugada y en silencio, hice mi mochila y me escapé de Moshi sin sentir absolutamente nada: ni pena, ni gloria. Aunque tal vez un poco de frío.

Tenía el corazón duro como una piedra.

De nuevo me monté en uno de esos buses africanos que tanto odio y crucé Tanzania hacia el oeste en un viaje interminable de 15 horas. 15 largas, incómodas y calurosas horas atravesando la sabana que me trajeron hasta Mwanza, a orillas del Lago Victoria. Desde donde escribo ahora.

Y donde encontré algunas de todas esas cosas que había dejado de encontrar en Moshi.

La Bismarck Rock, el lugar más reconocido de la ciudad
La Bismarck Rock, el lugar más reconocido de la ciudad

Mwanza es la segunda ciudad más grande de Tanzania -un dato que debería haberme asustado- y la más importante del Lago Victoria, que reparte sus 70.000 kilómetros de agua entre Tanzania, Uganda y Kenia. Cuánto habré soñado con conocer este lago que ahora miro perpleja, con los pies hundidos en arena y basura y sin creerme todavía que haya llegado sola hasta aquí. Aunque mi corazón siga tan duro… Y no sea capaz de separar unas emociones de otras.

Malaika Beach, a orillas del Lago Victoria
Malaika Beach, a orillas del Lago Victoria

La rock city, Mwanza, es como esas mujeres africanas que me miran al pasar. Un día fueron bellas, pero los años y los daños han ido cubriendo de polvo sus rostros y sus miradas, hasta volverlas duras e implacables. Hasta volverlas viejas cuando, en realidad, todavía deberían ser casi niñas. Y aún así nunca se rinden, pasean con calma por los caminos de tierra, portando kilos y kilos sobre sus cabezas, siempre tan rectas. Siempre caminando a la par que su dignidad. Así es Mwanza también: cansada y vieja, pero digna.

Cuando levanto la vista, sus colinas, esculpidas de rocas y casas de barro, me recuerdan a las ciudades medievales de Italia. Cuando miro al frente, la inmensidad azul del lago me traslada al Mediterráneo, con su brisa cálida y sus suaves caricias. Pero cuando miro a mi alrededor, el caos, la suiciedad y la fealdad de unos edificios pegados unos a otros sin ton ni son, el ruido, las mezquitas y los animales me recuerdan dónde estoy, y me conectan con esta tierra de una manera obsesiva e inexplicable.

Unos niños que me encontré bañándose en el lago, con ganas de que les hiciera fotos :)
Unos niños que me encontré bañándose en el lago, con ganas de que les hiciera fotos :)

Aun así, la grandullona de Mwanza no ha acabado de gustarme del todo. Igual que Dar es Salaam, es demasiado grande y desconcertante como para que el azul del lago que la rodea pueda compensar lo demás. El tráfico es demasiado loco, el olor a pescado demasiado intenso y la gente viviendo en la calle es también demasiada. Demasiados demasiados. Pero lo que si me gusta es la sensación que tengo al caminar por sus calles abarrotadas con mi mochila a cuestas, me duele la espalda y me pesan los días malos que voy arrastrando, y aún así me siento tan libre, tan ligera, que ni el peso de mi mochila ni el de mis días pasados me importan demasiado.

Porque sobre todo, en Mwanza encontré personas. Como Frank, el amigo de mi amigo que me vino a recoger a la estación y que resultó ser más majo y menos interesado de lo que lo suelen ser los amigos de amigos tanzanos. Y encontré a Andrea y Joseph, la curiosa pareja formada por una holandesa y un rasta que son mis hosts en Airbnb, y a Rene, el danés que duerme en la habitación de enfrente. Y resulta que los tres juntos trabajan en una ONG que ayuda a niños de la calle, unos niños que han acabado siendo también los protagonistas de mis días aquí.

El pequeño Gelvas, uno de mis amigos en Mwanza
El pequeño Gelvas, uno de mis amigos en Mwanza
Llevaba tanto tiempo sin comer pescado que casi lloro con esto, delicioso :)
Llevaba tanto tiempo sin comer pescado que casi lloro con esto, delicioso :)
Gelvas y yo dándonos un homenaje el día que nos conocimos
Gelvas y yo dándonos un homenaje el día que nos conocimos
Los rastas en su guarida
Los rastas en su guarida

Y resulta también que Frank, mi nuevo amigo, y Joseph, mi host de Airbnb, tienen dos tiendas una enfrente de la otra, en la única calle de Mwanza que he conseguido memorizar -y que une Kenyatta Road con la Bismarck Rock-; No sé cómo se llama, pero he decidido llamarle la calle rasta, porque todos son rastas en ella y se pasan el día pintando y fumando marihuana, de la tienda de Frank a la tienda de Joseph, y de ahí a Polis Jamii, un restaurante local en el que no dejo de comer pescado compulsivamente mientras los rastas no dejan de beber cerveza y hablar de la muzungu loca que se pasea estos días por aquí.

¡Y más samaki! (pescado)
¡Y más samaki! (pescado)

Así que Mwanza, al final, me ha calmado un poco las ansias de escapar. Y me ha conectado de nuevo con esta tierra roja que sigue siendo la protagonista de mi sueño infinito.

En estos días he cocinado (¡después de dos meses sin!), he compartido cenas, he comido muuuucho pescado (¡después de un mes sin!), me he aprendido el camino a casa y también me he perdido durante horas cogiendo el dala dala equivocado. He jugado a un juego de cartas que todavía sigo sin entender, he tocado el tambor con un grupo de rastas y he tomado té en la casa con vistas al lago de una chica que conocí cuando estaba perdida.

He ido en moto y en todoterreno, he paseado sola entre cinco cocodrilos bebé por las orillas del lago y caminé tres kilómetros por una carretera desolada para llegar a una playa horrible en la que, de repente, eché de menos mis días en Zanzíbar más que nunca. Y los sentí lejos y ausentes, como en otra vida.

Pero no derramé ni una sola lágrima.

Y mi corazón siguió duro como una piedra, y con las mismas pocas ganas de alejarse de Tanzania. En una eterna batalla amor-odio que, me temo, durará mucho tiempo.

La carretera más desolada de toda Tanzania
La carretera más desolada de toda Tanzania
Este cartel significa "cocodrilos", en Malaika Beach
Este cartel significa “cocodrilos”, en Malaika Beach

Y mi huída atropellada, esta que me trajo hasta aquí y todavía me mueve de un lado a otro desesperadamente -y que me mantendrá en movimiento para siempre- también sigue en marcha. Y aunque sigo sin saber de qué huyo, y hay días en los qpue me duelen las piernas de tanto salir corriendo, es imposible volver a plegar mis alas, es imposible parar un vuelo que pasó de tímido a insolente en cuestión de días y que ahora amenaza con arrasarlo todo.

Como Siddhartha, reanudé mi marcha, mas ya nunca hacia atrás…

3 Comment

  1. hola María,

    he estado leyendo tu blog y me ha encantado.
    Hace tiempo que no escribes.

    ¿Que tal te va por allá abajo?

    un saludo

    1. M. Ares says: Responder

      Hola Miguel! Muchas gracias por tus palabras :) La verdad es que me da pena llevar tanto tiempo sin escribir nada, ahora mismo estoy viviendo en Brighton y el cambio de sur a norte se me ha hecho un poco durillo.. Han sido unos meses raros que me han quitado las ganas de escribir, y el frío no ayuda! Jeje todavía tengo mil historias de Tanzania en el tintero, un día de estos me pondré… Gracias de nuevo 😉 un abrazo.

      1. Hola María,
        Gracias por responder.

        Yo viví 3 años en Milton Keynes y la verdad que los inviernos se hacen muy duros en Inglaterra.

        Un saludo

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