Moshi huele a libertad

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El aire de África parece tener dedos, te toca y te sensualiza. Tal vez esa es la primera forma de penetración de ‘el mal de África’, a través de la piel, como si el aire fuera una mano invisible capaz de acariciarte y apoderarse poco a poco de tu voluntad. El sueño de África, Javier Reverte 

 

El aire de Moshi huele a tubo de escape y a libertad.
Huele a calor asfixiante, a carne con moscas, a felicidad.
El aire de Moshi me golpeó en la cara con furia
-y dignidad-
y desde entonces creo que ya no podría mantenerme con vida en ningún otro lugar.

Cuando respiro hondo en Moshi, mis pulmones se llenan del sabor dulce de los sueños.
Se llenan de mí.

Me gusta Moshi, más de lo que nunca pensé que me gustaría.

Me gusta con sus colores chillones, con su ruido constante,
con sus atestadas calles y su penetrante olor a samosa.
Me gusta cuando los cánticos de la mezquita me despiertan de madrugada.
Y cuando después de unos días de nubes en los que me ha dado tiempo a olvidar que estaban ahí, las cumbres del Kilimanjaro salen a saludarme al atardecer.

Tan imponentes, nevadas y grandiosas como las describió Hemingway.

Me gusta el pollo frito que meriendo cada tarde, el dalla dalla que me lleva al cole y su música mala,
los baches de la carretera que hacen que me golpee en la cabeza constantemente,
el camino de tierra entre cañas de azúcar que va hasta Newland,
los bordes de la carretera, con sus hogueras de basura y sus puestecitos de vete-tú-a-saber-qué,
el grupillo de vacas y cabras que pasea cada mañana por mi nueva vida,
los niños de los que no dejo de aprender.

Me gusta su cielo por las noches,
cuando me sorprende acostándome bajo un manto infinito de estrellas.
Y me gusta por el día,
cuando las nubes dibujan siluetas que parecen espíritus lejanos que me dan la bienvenida.
Me gusta cuando calla, como a Neruda,
porque su silencio está plagado de sonidos fascinantes.
Y me gusta cuando chilla, cuando se desgarra la garganta,
porque es la primera vez que oigo tan de cerca el pulso de la vida.

Me gusta Moshi. Con sus miedos y sus sombras.
Con su polepole, con su mezcla de sabores, con su sonrisa eterna y su visible tristeza,
con sus desgastadas aceras en las que ya no caben más pisadas.
Me gustan sus costureras, sus mini bananas, el verde de sus aldeas,
el café del Coffee Union, la selva de las afueras, sus cascadas y recovecos, los tejados de chapa,
la calma contenida en cada asante sana y el mercado rasta.

Me gustan las personas que estoy conociendo en Moshi,
sus historias y sus miradas, su valentía,
su sacrificio y sus carcajadas,
esas que estallan en cualquier momento del día
y me hacen sentir en casa.

Me gusta incluso con todo eso que odiaría en cualquier otra ciudad del mundo:
el loco tráfico, los bocinazos constantes, las miradas furtivas, la comida sucia, la ropa vieja de los mercados, la fruta podrida, los cementerios de coches, la estridente música, los olores extraños, el polvo en mi pelo…

La oscuridad.

Y me gusta, porque Moshi no es cualquier ciudad.
Moshi es, desde ahora y para siempre,
el lugar más dulce de la tierra, la cuna de mi despertar.

Mi revolución de bolboretas
que solo acaba de empezar. 

 

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