Esto no es una despedida, Madrid

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Me siento más madrileño que el alcalde de Madrid, porque los que han nacido en Madrid, no han podido soñarla. Lo bueno es llegar con la boina y la maleta de cartón, y a los cinco minutos ser de Madrid. J. Sabina

 

Cuando uno llega a Madrid por primera vez, lo hace con el miedo pegado a los talones. No es (solo) que Madrid asuste, lo que asusta (de verdad) es el libro en blanco que se abre ante ti el primer día de tu nueva vida en la capital. Claro que lo que no sabes entonces es que pienses lo que pienses, planees lo que planees, Madrid siempre va a tener otros planes mejores para ti. 

Yo llegué a Madrid hace ya 6 años y en este tiempo, a penas me he atrevido a escribir sobre la ciudad. En cierto modo, lo que he vivido con ella, lo que me ha regalado, lo que hemos compartido, es tan abrumador que no veo el momento de pararme a ordenarlo en mi cabeza, de darle sentido.

Entre esa vorágine de recuerdos, destacan como luces de neón los primeros. Así recuerdo con viveza aquella sensación de diminutismo en la jungla de un sábado en la Gran Vía, o mientras intentaba hacerme paso por la calle Mayor para ver por primera vez aquella plaza de la que tanto había leído, mientras intentaba respirar enlatada en un domingo de rastro en La Latina o mientras buscaba cobertura en mi primer San Cemento.

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Aquel día que Madrid se despertó cubierto de versos

Si los comienzos siempre son duros, raros, huecos y emocionantes en cualquier parte, en Madrid, además, también son dulces. Porque por mucho que cueste encontrar las palabras para llenar esas primeras páginas del nuevo libro en blanco, al final del día, Madrid siempre nos recompensa con su cielo.

Y así leído puede resultar banal, pero los que lo han visto, los que lo han vivido, los que han sentido su calor desde cualquier rincón de la ciudad, saben de lo que hablo.

Tres atardeceres son suficientes para declararle amor eterno. Recuerdo con fervor mis primeros, casi siempre dejando atrás Ciudad Universitaria, con carpetas, cerveza, humo y un cielo anaranjado y ceniza que jugaba con las siluetas de Moncloa, despertando esas ganas de vivir que aumentaban a medida que menguaba el fuego del cielo. Y vivo ahora con nostalgia los últimos, sobre los tejados de Fernández de los Ríos, con sus colores alegres de primavera manchados por el dolor de una despedida que está resultando eterna.

Haciéndome entender aquello de que el cielo de Madrid solo duele cuando se aleja, cuando ya no está. 

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Atardecer desde el Círculo de Bellas Artes

Me hicieron falta tres atardeceres y cien batallas perdidas para acabar encontrando aquel Madrid del que hablaban las canciones. O él me encontró a mí. Y desde entonces solo gané. Vi rugir a los leones de Cibeles una tarde de noviembre y toqué el cielo por primera vez una noche cualquiera en el Café Madrid. Entonces entendí que esta ciudad es mucho más que un puñado de calles, plazas con nombres de poetas, paradas de metro y autobuses que nunca sabes dónde van.

Madrid es cómplice, es ternura. Es hogar.

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Desde Moncloa… Mi Madrid

Podría hablaros de mi Madrid, que en realidad es el único que conozco. El que empezó en la calle Francisco de Rojas y termina ahora a los pies de la estatua de Quevedo. El que me abrazó un miércoles cualquiera en el césped de la facultad y el que me susurró secretos en la calle Libertad.

Podría retrataros los colores de los amaneceres que vimos desde las escaleras del metro, el olor de aquel día que aparcamos un descapotable en la mismísima estatua de Colón o el sabor de unos años que parecían eternos. Aunque ahora sé que duraron un segundo.

Pero no lo voy a hacer.

Porque Madrid no es una ciudad sino tantas como habitantes tiene. Cada uno tiene su propio Madrid, sus calles, sus bares, sus tostadas con tomate favoritas, su recorrido al trabajo, su chino de abajo, su banco, su historia… Madrid nos acoge y se amolda a nosotros sin preguntar demasiado, sin juzgarnos, sin pedir explicaciones. Y diseña, con sigilo, la oportunidad perfecta para mostrar la mejor versión de nosotros mismos.

Nos observa y nos conoce mucho antes de que nos demos cuenta de que está ahí, cuidándonos, de que nos espera su abrazo al girar la próxima esquina.

Y por eso nos sorprende. Uno llega a Madrid sin prestarle atención, pensando que cada día sin ver el mar será un día perdido, y resulta que al final, el mar es eso que está lejos y ves de vez en cuando, y la sensación de estar en casa solo la encuentras cuando pasas el peaje de la A6 y ese skyline desnudo que es Madrid desde lejos empieza a dibujarse en el horizonte.

Porque si le dejas, si te entregas a él y te abandonas a sus deseos, Madrid te cambia la vida.

Y cuando eso pasa, da igual dónde hayas nacido, dónde vivas después o en qué parte del mundo te mueras: siempre serás de Madrid. Siempre llevarás parte de la ciudad corriendo por tus venas, y siempre querrás volver a ese lugar de puertas abiertas que un día se convirtió en tu hogar.

Porque Madrid no es mi Madrid sino el Madrid de todos.

Y porque esto no es una despedida, Madrid.

Es un hasta pronto.

Es un no importa quién venga después, porque al final de cada camino, siempre serás tú. 

4 Comment

  1. Me has emocionado, niña…

    1. M. Ares says: Responder

      ¡Y tú a mi diciéndome esto! Gracias gracias gracias :)

  2. angel says: Responder

    Muy bonito.
    Has descrito perfectamente lo que sentimos todos los que vivimos aquí.

    1. M. Ares says: Responder

      Muchas gracias, Angel :-)

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