La vida en tierra Masai

Masai

Cuando María conoció a Mibaku en la montaña de Eluwai, su vida cambió para siempre. Aunque en aquellos días, cuando se subió a un avión con el único fin de escalar el Kilimanjaro, era imposible que lo supiera. Pero pasó. Él era un masai, hijo de viuda masai, que ayudaba a otros masais a luchar contra las injusticias masais. Y ella necesitó menos de 5 minutos para darse cuenta de que su misión en el mundo era ayudar a aquel hombre que tenía una fortaleza que nunca antes había visto en ningún ser humano.

Me lo cuenta rápido y sin pausas para respirar, como habla ella, con demasiadas cosas en la cabeza y poco tiempo para materializarlas. Y yo no puedo evitar sentir una punzada de envidia (sana, por supuesto, pero envidia al fin y al cabo) al ver el brillo en sus ojos: es un brillo especial, el brillo de los que encuentran su camino. Porque cuando María conoció a Mibaku sintió, en ese preciso instante, que todo lo que había hecho en su vida, cada paso, cada error y cada éxito, habían sido para llevarla hasta allí. A las montañas de Eluwai. Donde conoció al guerrero masai. Y absolutamente todo cobró sentido en ese momento.

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La verdadera masai blanca

Desde entonces han pasado 7 años. 7 largos, duros, felices y amargos años en los que Tanzania se ha convertido en su hogar, Mibaku en su marido y la tierra masai, en su razón para levantarse cada mañana. En su aire para respirar. Y llegados a este punto, es imposible resumir con palabras lo que ha conseguido, lo que ha sufrido, lo que ha perdido y lo que ha ganado en este camino inesperado que un día decidió tomar. Pero lo voy a intentar, porque se lo debo, aunque mis humildes palabras nunca lleguen a hacerle justicia a su honorable labor. Y porque las historias como la suya merecen ser contadas, aunque al otro lado del mundo no haya mucha gente interesada en leerlas.

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Lele se conoce la tierra masai como la palma de su mano

La tierra masai es hostil. Es árida, ocre, dolorosa y punzante a más no poder. Los árboles tienen espinas gigantes que te arañan la piel al pasar, los frutos de esos árboles tienen espinas gigantes también, y la hierba seca que lo cubre todo tiene espinas diminutas que se clavan en tus tobillos y te hacen sufrir cada paso. Cuando hace sol, no hay una puñetera sombra en kilómetros y kilómetros de sabana en la que refugiarte. Y cuando llueve, el suelo se convierte en ríos de barro negro que cambian los caminos a sus anchas. Hoy están aquí, mañana allá. No hay agua. Solo unos cuantos lagos estancados de color marrón que envenenan las barrigas de quién, por pura supervivencia, acude cada día a ellos para llenar garrafas aún más marrones. Para intentar hidratar unos corazones que se van disecando al hacerse mayores.

Por las noches, hay tantas estrellas que te llegas a marear. Napenda ñota. Y los sonidos de los animales que acechan en las oscuras noches masais a veces son agradables y otras, te asustan tanto que no puedes respirar.

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Una de las rutinas en tierra masai: el camino para buscar agua

La tierra masai duele.

Y si no eres lo suficientemente fuerte como para ignorar el dolor que producen esas miradas amarillentas por el polvo y la soledad, la tierra masai te hará llorar. Y, en el peor -o mejor- de los casos, te atrapará para siempre. Como a María.

Aunque a María, más que la tierra, lo que la atrapó fueron las injusticias que se encontró en esta parte del mundo -esas por las que luchaba Mibaku- hasta entender que el mayor enemigo de los masai no es la tierra en la que habitan, sino ellos mismos, con sus leyes y creencias que, a veces, resultan más hostiles que la propia oscuridad de su tierra. Y así decidió María quedarse en Arkaria (una región de Arusha, en el norte de Tanzania), donde su Fundación Carpio Pérez lucha cada día por dar una vida mejor a cientos de personas, o al menos, una vida digna.

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María con algunos de los nenes de su familia masai

El caso de las viudas masai es conmovedor. Los masai son una tribu polígama (aunque también cristiana -todavía no me explico cómo aquellos colonos locos pudieron llegar a extender su fe por aquí-) y cada hombre puede casarse con tantas mujeres como pueda mantener. Cada mujer tiene su casita en la que vive con sus respectivos hijos y el padre de familia va de una casa a otra según toque. Pero en el momento en el que el hombre muere, las mujeres -que no pueden poseer bienes materiales- quedan desprovistas de su casa y tampoco tienen derecho a heredar nada de su marido. Así que, por decirlo de alguna forma, se quedan “en la calle”, condenadas a la mendicidad. Aunque cualquier acera que os imaginéis es más confortable para vivir que esta tierra.

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Las casas de los masai -bomas- están hechas de barro y caca de vaca

La fundación de María trabaja principalmente con estas viudas y su empoderamiento, buscando formas de que sobrevivan solas como la venta de pulseras y collares que ellas mismas fabrican (¡comprad muchos aquí!) o las donaciones de cabras y otros animales, gracias a los cuales pueden subsistir –Dani Losada me contó esta bonita historia de cómo llegó a Arkaria con decenas de cabras muchos meses antes de que me viniera a Tanzania, y me enamoró de María mucho antes de conocerla-.

Pero si hay algo de lo que puede estar orgullosa María y que a mí me ha robado el corazón, es el cole que ha levantado de la nada en medio de la tierra masai. El cole de Eretore, destinado a niños masai. Y en este punto me gustaría añadir que allí sentí que conocía un voluntariado realmente útil para Tanzania. Y no es que en otros proyectos no se ayude o que los voluntarios sean inútiles, pero, en general, la cantidad de voluntarios que llegan en verano acaba distorsionando la labor de los menos que se dejan aquí el alma durante el resto del año.

Pero el cole de Eretore no es así.

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La clase de Kinder, llena de colores :)

María a penas tiene entre dos y cuatro voluntarios en todo el año. Como Noe, una profe madrileña que lleva cuatro años pasando sus veranos en Arkaria, y la responsable de que yo me haya enamorado tan profundamente del cole de Eretore. Noe viene a enseñar a los profes masai a ser mejores profes, y las clases en las que he podido estar en estos dos días que me han acogido en su boma están llenas de colores, de creatividad, de cariño, de juegos y de aprendizaje real. Me ha encantado ver cómo los niños pegan trocitos de papeles de colores para aprender los números o hacen letras de plastilina para aprender las letras, o pintan bananas para aprender los colores o juegan en un parque infantil para aprender psicomotricidad.

El método tanzano de enseñanza es mucho menos creativo: es monótono, repetitivo y aburrido hasta la saciedad. Tanto que los niños piden ir al baño cada hora solo por escaparse de ahí y jugar con el agua de los baños -en Arkaria no hay agua, así que una distracción menos-. Me quito el sombrero. Ojalá hubiera más organizaciones en Tanzania interesadas en traer profesionales cualificados. Pero ese es otro tema, muy largo y espeluznante, del que todavía no he podido escribir porque a diario sigo descubriendo cosas nuevas que me horrorizan.

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Las largas caminatas que se pegan los niños para llegar al cole cada mañana

El caso es que el voluntariado en la Fundación Carpio Pérez es gratuito, como debe ser la cooperación real. Es duro y gratificante, como debe ser también la cooperación real. Y solo te aceptan como voluntario si realmente tienes algo que aportar. Yo no he sido voluntaria allí, simplemente he ido a conocer la vida en tierra masai en un lugar alejado del turismo, de los guías de safaris, de los caraduras blanquitos y de los 50$ por baile masai y 15 minutos en el poblado, como si de un zoológico se tratase. Algo que me parece espeluznante, como tantas otras cosas en Tanzania.

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La que fue mi casa en Arkaria -y donde viven los voluntarios-

Pero por supuesto, esto es la vida en tierra masai, y cometería un error enorme si la comparara con la vida en Moshi o cualquiera de las otras ciudades tanzanas que he conocido. Por eso no es lo mismo ayudar en Tanzania, que ayudar en Arkaria. El precio (personal, emocional y económico) es diferente, al igual que los resultados.

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Paseando al ganado, típica estampa en tierra masai

De la vida en tierra masai me quedan sensaciones encontradas. Por un lado, la bondad de una gente que no pide nada a cambio, la humildad de una tierra que trata de sacar lo mejor de sí con lo poco que tiene, la sinceridad en las miradas de quién no conoce nada más a allá de estas cuatro piedras. Pero también la crueldad del mundo, la injusticia y la desigualdad.

No creo que alguien que se pasea en traje y corbata por la Castellana sea mejor que Lele o que Teresia, que se pasean en mantas de colores por la sabana -sinceramente creo que es peor, o al menos, que tiene los valores equivocados-. Pero en la ruleta de la suerte que es venir al mundo les tocó Madrid en lugar de Arkaria. Les tocó el Primer Mundo en lugar de esto que tan erróneamente llamamos Tercer Mundo (¿quién cojones nos ha dado derecho a crear un ranking de “mundos”?).

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Y así pasa uno el día en Arkaria
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Yo, masai

Y precisamente por eso, la tierra masai cambió mis esquemas y mi forma de mirar a este mundo (que, ahora sé, solo es uno). Este mundo que me enamora más cada mañana y me sigue llenando de pesadillas por las noches. Este mundo lleno de malas personas y otras, como María, tan buenas que ese adjetivo se queda corto para acompañar su nombre. Personas que te hacen enamorarte una y otra vez de la vida. Personas que te hacen seguir, que te empujan, que te llenan de energía.

Y, ¿sabéis qué? Tanzania está llena de esas personas, aunque como en todas partes, haya que rebuscar entre la basura para encontrarlas.

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Unas mujeres masai llevan comida a su boma

*Dedicado a María Carpio, a Mibaku y a la preciosa Ndoye, que espero que algún día, cuando crezca, llegue a leer esto y recuerde los días peinando mi pelito. Gracias a los tres por acercarme al corazón de Arkaria. Os juro que el mío nunca había latido con tanta intensidad como lo hizo en vuestra tierra masai.

6 Comment

  1. Rosa says: Responder

    Arkaria te hechiza, te embruja y tiene el poder de cambiarte la vida la vida para siempre. Un artículo precioso.

    1. M. Ares says: Responder

      Gracias Rosa. Ellos se merecen todos las palabras preciosas del mundo, al menos eso puedo hacer por Arkaria :)

  2. Maria Redondo says: Responder

    Precioso el artículo, lleno de sensaciones. Preciosa la descripcion de María y Mibaku, de su historia, de su Fundación. Les deseo toda la suerte (y las ayudas) para que puedan seguir con su sueño de crear un mundo mejor.

    1. M. Ares says: Responder

      Muchas gracias María. La verdad es que poco he tenido que hacer, la historia de María y Mibaku, de lo que han hecho todos estos años, brilla por luz propia.

  3. Natalia says: Responder

    Conmovedora historia María 😉 Recuerdo bien la historia de Dani Losada en Tc sobre las cabras. Describes a la perfección los lugares y sensaciones. Esperando el siguiente 😛 Un besazo

  4. Sara Galera says: Responder

    María y Mibaku son dos héroes. Conocer su labor te deja sin palabras. Son inasequibles al desaliento y agradecen cualquier mano que se les tienda, por pequeña que sea.

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