La tristeza de la ciudad más bella

venecia portada

Durante mucho tiempo me he visto incapacitado para escribir sobre Venecia. Temía caer en la cursilería ramplona de los tópicos. Carecía aún del suficiente coraje para amar aquello por lo que tan íntimamente me siento atraído.

Héctor Bianciotti 

Hay ciudades en las que, irremediablemente, estás condenado a ser un maldito turista. Por mucho que te niegues a serlo o te esfuerces en buscar la autenticidad y la vida plena del lugar. Porque hay ciudades en las que la vida real, el día a día de sus habitantes, ha ido desapareciendo para dejar paso a una existencia ficticia, de mentira, sin detalles y, al fin y al cabo, sin vida.

Ciudades que antaño fueron grandiosas y hoy, agonizan en silencio. Ciudades tristes, agotadas, explotadas. Ciudades como Venecia.

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La bella Venecia

Llegué a Venecia con los nervios a flor de piel, para qué negarlo. Sus palazzos y canales nunca habían iluminado mis sueños viajeros como sí lo hacen otros lugares, así que pensar de repente en pisar Venecia me cogió por sorpresa y me conmocionó un poco. Era jueves, llovía mucho y ponía rumbo a la ciudad más deseada del mundo. ¿Estaré preparada para conocerla? 

Pero cuando el autobús que cogí en Marghera me dejó en la Piazzale Roma y mis pies empezaron a fundirse con el magullado pavimento veneciano, fue relativamente fácil darme cuenta de que a Venecia, la eterna Venecia, no iba a conocerla.

Porque Venecia ya no existe. La ciudad se ahogó hace tiempo y no en el mar Adriático, como muchos predicen: se ahogó en su tristeza. 

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Hermosa decadencia, Rio de la Toletta

Ni siquiera tuve que buscar detrás de sus máscaras de plástico (que un día también fueron grandiosas) para encontrarme con su tristeza: estaba allí, a plena luz del día. Desangrándose entre voceríos asiáticos y fotos robadas. Entre aguas putrefactas y puentes con andamios. Entre miradas vacías y palabras que no dicen nada pero inundan las guías turísticas. Nadie parecía darse cuenta, nadie la miraba ni trataba, si quiera, de consolarla.

Pero allí estaba, gritando, la tristeza incontenible de una ciudad tan bella.

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Un hombre pinta la Basílica de Santa María della Salute

De nada sirve que suelte cifras como los 20 millones de personas que cada año la visitan. Ni que cuente que a penas quedan venecianos viviendo en el centro de la ciudad porque se niegan a ganarse la vida vendiendo souvenirs o porque no pueden permitirse los elevados alquileres.

Como tampoco es importante que os hable de este documental que narra perfectamente el problema, porque Venecia está ahí. Y seguramente con los años acabe convirtiéndose en un museo submarino. Así que vamos en masa, llegamos por tierra, por mar y por aire, e inundamos unas casas que algún día fueron hogares. Y lo hacemos sin medida, hasta que no quede ni un solo veneciano capaz de soportarnos.

VENECIANO
Me gusta pensar que fotografié a un veneciano

A quién le importa que, mientras, Venecia se muera de pena.

La mayoría de los venecianos que resisten con ella son muy mayores y se niegan a morir en otro lugar que no sea en los brazos del amor de su vida: su amada Venecia. Ellos dignifican sus días, y le dan sentido a esta existencia vacía, condenada para siempre por su irresistible belleza.

VENECIA Ponte dell'Academia
Vistas desde el Ponte dell’Academia

Pasé tres días en Venecia. Me maravillé en la Piazza San Marcos y regalé mil suspiros al atardecer desde el Grand Canal. Fui en vaporetto, fotografíe cientos de góndolas y conocí el significado del Puente de los Suspiros. También me perdí por su laberinto de callejuelas, canales y campos, descubrí la mejor librería del mundo y hasta me dio tiempo de enamorarme en Burano.

Pero al final de todo, cuando miro las fotos, solo veo la tristeza de Venecia.

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