La indescriptible isla del olvido

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Me está costando escribir sobre Jamaica más que sobre ningún otro lugar, tal vez porque no soy capaz de hablar de un lugar sin hablar de mí misma, de lo que me hace sentir, de quién soy cuando lo respiro y mis pulmones se llenan de otras esencias, otras vidas, otras realidades. Tal vez porque todavía no sé quién soy cuando respiro Jamaica. Cuando salgo ahí fuera y mis pulmones se llenan de esta vida que ahora es mi vida pero que la vivo como si fuera de otro.

Los días son raros e intensos y yo los hago míos y los miro desde fuera a la vez. Los sufro y me resbalan. No sé cómo explicarlos, al igual que no sé cómo explicar Jamaica.

Vivo las cosas y las olvido, como si nunca me hubieran pasado a mí. Como si esta isla fuera solo una mentira esperando a desvanecerse delante de mis ojos.

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“Tengo un plan para ti, pero por ahora, voy a dejar que me conviertas en lo que tú quieras que sea” – me dijo Jamaica la primera vez que la pisé.

Y yo elegí el olvido, y la convertí en eso, en el olvido. Un lugar olvido. Un lugar para olvidar. La isla del olvido, podríamos llamarla. Y ella me dejó hacer, paciente y pícara a la vez, porque sabía que tarde o temprano llegaría el momento de la rendición.

Que al final, no importa cuán lejos estén los lugares a los que vengas a olvidar si llevas dentro todo de lo que escapas. Porque el olvido, como el amor, solo llega cuando nadie lo espera.

Cuando ya nadie lo busca.

Querer olvidar solo ayuda a recordad más fuerte, susurra la isla del olvido.

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O tal vez, la realidad de por qué me cuesta escribir sobre Jamaica es mucho más simple y no tiene nada que ver con quién soy yo cuando la respiro: Jamaica es indescriptible. Y el que diga lo contrario, miente. Porque de nada sirve escribir…

Jamaica es verde y huele a humedad mezclada con salitre.

O,

en Jamaica hay montañas infinitas cubiertas de musgo y cuando llueve el agua desborda las cascadas e inunda en segundos cientos de caminos de barro.

Jamaica tiene magia en el cielo, por eso la luna sale por un sitio diferente cada noche y nadie sabe por qué, porque nadie sabe dónde está Jamaica.

En el norte de la isla hay una puesta de sol tan perfecta que hasta molesta. No puede existir algo tan bonito y tan libre, tan libre, que no puedes capturarlo ni siquiera con la mirada:

cuando parpadeas, ya no está.

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Jamaica es un millón de azules diferentes luchando por ver cuál brilla más.

En Jamaica hay puestos de madera a los lados de la carretera, con fruta colgando, conchas de todos los tamaños y personas esperando a que pase algo o a que pase el día. A que pase la vida.

Jamaica huele a marihuana. Dejadme decir algo: todo lo que os contaron de Jamaica es mentira. Salvo tres cosas: Bob Marley, Usain Bolt y el olor a marihuana. El humo denso y las miradas perdidas. Miradas que huelen a marihuana. Una isla con olor a marihuana.

Jamaica es de color verde marihuana.

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Las casas en Jamaica están pintadas de todos los colores del mundo a la vez. Son pequeñas y grandes con porches que parecen de juguete. Con vistas al mar o en medio de una selva profunda. Algunas de cemento, otras de madera. Casi todas sin terminar. Esculpidas por las montañas en perfecta armonía, como si un dios enamorado hubiera pintado el paisaje para colgarlo al otro lado de la ventana de su amada.

Como si quisiera que existiera un lugar en la tierra tan diferente a todo que nadie pudiera contar ni explicar. Solo fotos falsas, mentiras y leyendas saldrían al exterior. Para que todo aquel que quisiera saber tuviera que venir hasta aquí y rozar con sus propios ojos esta realidad rara en la que no existe el tiempo ni la prisa.

En el que la calma lo inunda todo y las cosas pasan solo cuando tienen que pasar.

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Jamaica es preciosa.

Al final, no hay otra palabra más simple y cierta. Su belleza es salvaje, única y frustrante, porque cada día que la miras es más bonita todavía. Porque nadie la puede atrapar. Porque ni las fotos, ni los poemas, ni las películas.

Nada.

Solo tus ojos, a veces, cuando la miras y ella te mira y se cuela en esa mirada para llegar a tu alma. Pero solo te roza. Nunca se queda. Te roza leve, ligera. Y se vuelve a marchar. Y se queda ahí lejos interminable, intocable, imperfecta.

Lejos, y siempre tan cerca.

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Dice también, la isla del olvido, que para saber quiénes somos es muy muy importante recordar siempre quiénes fuimos. Por eso ella jamás te dejaría olvidar, porque olvidar es perder trocitos de ti. Es mejor vivir con cicatrices a cambiar de piel, eso dice ella. Que de heridas y olvidos imposibles sabe más que nadie.

¿Cómo podría yo describirla?

Cómo podría acercarme a contar un poco lo que son sus ojos.

Ni aunque escriba que los árboles en Jamaica se abrazan o que las estrellas fugaces pasan despacio para que puedas desear lento. Jamás lo sabrás, hasta que te encuentres deseando lento bajo una lluvia de estrellas en una isla perdida en un mapa que nadie sabe dónde está.

En una isla que nadie sabe dónde está.

Nadie podrá contarlo jamás, porque a la isla del olvido hay que venir para desmentirla, y para dejar de saber quién eres cuando la respiras…

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3 Comment

  1. hydrar says: Responder

    ‘Esculpidas por las montañas en perfecta armonía, como si un dios enamorado hubiera pintado el paisaje para colgarlo al otro lado de la ventana de su amada.’

    Es de lo más bonito que he leído hoy… Me ha gustado mucho :)

    1. M. Ares says: Responder

      ¡Muchísimas gracias! No sabes que ilusión saberlo :)

  2. Perla says: Responder

    Mas gente debería de leerte, me gusta ver Jamaica a través de tus ojos mijita… good job whitey 😉

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