La culpa fue del Ramadan: Zanzíbar (I)

 

Allá lejos, el océano ronroneaba igual que un felino satisfecho después de un buen almuerzo. A mis espaldas no se oía otro sonido que el del aire al golpear las hojas de las palmeras. Podía saborearse allí, mirando hacia Asia, la gratificante soledad del mundo. El sueño de África, Javier Reverte

 

He pasado diez días en Zanzíbar. Díez estupendos días en los que la libertad y la novedad crearon una mezcla explosiva en mis sentidos. Algunos fueron largos, cuando la inmensidad de sus playas no era suficiente para abarcar toda mi soledad, y otros, volaron tan rápido que a penas me dio tiempo a saborearlos.

El día que llegué a Zanzíbar me dormí preguntándome qué cojones hacía yo sola en una playa desierta. Porque sí, en Zanzíbar existen playas desiertas, o al menos en ramadán. Y al final dejé la isla con una sensación aún más rara que cuando llegué, como si la persona que era entonces, solo diez días atrás, ya no fuera la misma que hacía ahora el viaje de vuelta.

Toda la claridad del mundo la encontré en Zanzíbar

El mes del ramadán es el momento más importante del año para los musulmanes -que en Zanzíbar superan el 90% de la población- y llega a paralizar la isla. Como sabéis, los que realizan el Ramadán no comen ni beben agua desde la primera luz del día hasta que llega el ocaso, cuando las calles empiezan a latir con fuerza y en el interior de las casas y en las mezquitas se desata una fiesta contenida. Pero además del ayuno, tampoco pueden fumar, beber alcohol, mantener relaciones sexuales o realizar “malas acciones” en general. Es un mes de limpieza interior. Y si encima ayudas al prójimo durante ese mes, ganas puntos extra.

Así que la isla de Zanzíbar, durante el Ramadán, se transforma. Y un manto de bondad, calma y quietud lo inunda todo y acaba contagiándote, aunque no puedas fumar un cigarrillo ni beberte un café en ninguna terraza, ni los restaurantes estén abiertos, ni encuentres un solo puesto de comida callejera y tengas que esconderte para comerte un triste chapati. No se escucha música por las noches ni hay nada abierto antes de las 6 de la tarde. Por eso el turismo huye de Zanzíbar en Ramadán, y por eso la isla fue solo para mí (y otro puñado de locos que se quedaron colgados del Ramadán). Y aunque hubo momentos de absoluto aburrimiento, también encontré muchos otros de fascinación suprema por una cultura con la que no había convivido antes.

Vacas jorobadas que me dan la bienvenida a Nungwi
Vacas jorobadas que me dan la bienvenida a Nungwi

Y así llegué a Nungwi en pleno Ramadán, a las cabañas de Mama Fatuma (de las que Black Moon, el rasta que vino a buscarme a Dar, es dueño), y me encontré con una soledad aplastante que no esperaba. La playa de Nungwi, que tantos me habían descrito como aborratada de gente y de fiestas, estaba vacía. Aquella tarde, a penas fuimos cinco personas viendo la puesta de sol. Y no es que yo buscará fiesta, pero si buscaba gente. Y no me lo esperaba. Y aunque conocí a dos españolas con las que compartí atardecer y anécdotas tanzanas (y a las que nunca volví a ver), cuando me metí en mi cabaña a las 8 de la tarde, sentí que ese no era el lugar en el que quería estar, ni aquel era el recibimiento que esperaba tener cuando soñaba con Zanzíbar.

Así que al día siguiente de llegar a Nungwi, bien tempranito, decidí coger mi destino por los cuernos y moverme a otro sitio. Si no me gustaba Nungwi, tampoco pasaba nada, la isla era muy grande y tenía muchos días por delante para encontrar el place to be. 

La playa de Nungwi y ni un triste alma
La playa de Nungwi y ni un triste alma

Decidí irme a Paje, al este de Zanzíbar, donde mis amigos Andrea y Baraka, a los que había conocido en Moshi, estaban terminando sus vacaciones. A las 9:30 estaba subida a un dala dala destino Stone Town de nuevo, aunque esta vez tampoco le presté atención a la ciudad de mis sueños. Viajé una hora entre el conductor y un “traductor” más interesado en saber si estaba casada que en otra cosa, y mantuvimos un aburrido regateo de shilings para que me llevara a mi siguiente dala dala. Él quería money money y a mí no me apetecía caminar durante horas con la mochila por Stone Town. Así que hubo trato.

Llegué al siguiente dala dala justo cuando estaba a punto de arrancar, y me tocó sentarme en medio del pasillo, en el tapón de un bidón amarillo, durante otra hora de viaje. Y llegué a Paje cuando me dijeron que estaba en Paje, y me bajé en medio de una carretera en medio de la nada y se puso a llover y una mujer me metió en su casa y resulta que era para hacerme un tatuaje de henna y me fui corriendo. Y seguía lloviendo. Y pregunté como a diez personas y di vueltas y vueltas hasta que, finalmente, encontré el camino a la playa.

Nuestros largos paseos por la playa...
Nuestros largos paseos por la playa…

Y aparecí, de repente, en la playa más grande y blanca que he visto nunca en mi vida. Kilómetros y kilómetros de arena clara rodeada de claridad. Todo era muy claro y me costaba abrir los ojos. Pero solo tuve que caminar unos cinco minutos hasta que me encontré a Andrea y a Baraka y me sentí como el pequeño aprendiz que soy dejando de ser pequeño. Llegué a mi destino sana y salva y solo eran las 12 de la mañana (contaba con llegar a las 4 de la tarde). Y todo en Zanzíbar empezó a cambiar.

Y la playa de Paje, de nuevo contra todo pronóstico, estuvo vacía aquellos dos días, no se escuchó música por las noches ni vi a más de 15 muzungus en kilómetros y kilómetros de arena blanca. Y la culpa, de nuevo, fue del Ramadán.

Pero no me importó en absoluto. Aquel día nos quedamos sin dinero (el único sitio de la isla donde hay cajeros es Stone Town), y nos reímos mucho en unas escaleras del pueblo de Paje, donde conocí a unos niños adorables que comían Mandasi y vi las sonrisas en la cara de su padre a la hora de la cena. Se respiraba un ambiente de calma y paz que no recuerdo haber vivido antes. De nuevo, la magia del Ramadán.

El paraíso es aburrido
El paraíso es aburrido

Baraka y Andrea se fueron al día siguiente y yo me cambié de hostel, y encontré una cabaña mucho más barata donde conocí a Teddy, un polaco de unos 60 años que tenía la enfermedad de viajar, y escribía locuras en una libreta sucia en la que me obligó a escribirle una historia sobre Coruña. Y mi dirección, para mandarme postales desde todas las partes del mundo.

Encontré a un gatito sin mamá y tuve que adoptarlo durante un día
Encontré a un gatito sin mamá y tuve que adoptarlo durante un día

Me bañé por primera vez en las aguas cristalinas de Zanzíbar, desayuné con los pies hundidos en la arena y leí mucho a Javier Reverte en esas playas nacaradas, como él las llama. Caminé todos los kilómetros de playa habidos y por haber y no hablé con nadie durante horas. Y por la noche, volví a pasar miedo por el vendaval que azotaba mi cabaña sin cristal en la ventana y me daba en la cara mientras (no)dormía.

Pero sobreviví. Y al día siguiente mientras desayunaba, de nuevo con los pies hundidos en la arena, conocí a un americano y una inglesa que se enamoraron de uno de mis tatuajes y me acogieron durante todo el día. Y nos fuimos juntos a Stone Town en medio de una tormenta y tuvimos que esperar como una hora debajo de una cabaña de paja a que dejara de llover, y caminamos por ríos de arena hasta un dala dala que nunca llegó y ya nunca más volví a estar sola en la isla. Y tampoco volvió a llover.

La tormenta que nos explotó en la cara
La tormenta que nos explotó en la cara

En Stone Town conocí a Hayley, mi host en Airbnb, y quedarme en su casa fue como visitar a una amiga. Conectamos desde el primer momento. Por la noche fuimos a cenar a un indio riquísimo y por el camino conocimos a dos australianos, un tanto desconcertados por no encontrar ningún triste lugar en el que les vendieran cerveza, y se unieron a la cena. Y resultó que uno de ellos había hecho el Camino de Santiago 7 veces! Y aún así, lo único que sabía decir en español era “fiesta, siesta, jamón”. Y yo me reí por no llorar. Pero hablamos de lugares como Muxía o Finisterre, del pulpo á feira y de Estrella Galicia. Me divertí muchísimo y esa noche, por los callejones enrevesados de Stone Town, empezó mi relación obsesivo-compulsiva con la ciudad de piedra.

La azotea de Hayley, desde donde encontré una estrella amarilla que sigo viendo en cada noche tanzana
La azotea de Hayley, desde donde encontré una estrella amarilla que sigo viendo en cada noche tanzana

 

Deja un comentario

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>