Cuando intercambié historias por polaroids

polaroid tanzania

 

Lo que cuenta en la vida no es el mero hecho de haber vivido. Son los cambios que hemos provocado en las vidas de los demás lo que determina el significado de la nuestra. Nelson Mandela 

 

Cuando vagaba yo por Mwanza, la rock city, me encontraba ya en la recta final de mis días en Tanzania y por mi cabeza ya se estaba materializando ese difícil balance entre lo que das y lo que te llevas después de una experiencia tan intensa en un país tan intenso.

Como os podéis imaginar, ese balance estaba -y está- totalmente descompensado. Ahora sé que lo que dejé en Tanzania solo fue una versión de mí que en realidad no fui nunca, pero que me había acostumbrado a vivir, y me llevé la libertad de ser quién realmente soy. De ser quién quiero ser. Entre otras cosas, claro está. Ya que mi mochila se llenó tanto que las experiencias y los sentimientos rebosaban por las cremalleras.

En mi recta final en Tanzania, paseando por la inesperada Mwanza, decidí regalar mis últimas 6 porlaroids del último carrete a 6 personas que compartieran los días conmigo. Como en un intento desesperado por dejar algo real, algo tangible en este país de tierra roja como el fuego que me olvidaría antes incluso de despedirse de mí. Que ya me estaba olvidando.

Lo que no sabía cuando decidí eso, es que en aquellos días por Mwanza me encontraría personas que merecerían mucho más que una polaroid, y que me regalarían a cambio de mi pequeña foto algo mucho más importante: abono para el alma.

Estas son mis 6 historias, mis 6 personas, mis 6 polaroids:

Gelvas y sus ojos grandes y redondos | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
Gelvas y sus ojos grandes y redondos | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

Gelvas, el niño de la foto, fue una de las primeras personas que conocí en Mwanza. Era uno de los niños de la calle que cuidaban mis hosts de Airbnb, y el día que llegué me encontré con que había que llevarlo al hospital antes de llevarme a mí a casa, tenía cáncer y les tocaba recoger los resultados de las últimas pruebas. Y en Tanzania alojarte en una casa de Airbnb significa tranquilamente tener que ir con un niño al hospital, y nadie se alarma. Así que allá me fui con Gelvas y Joseph (mi host rasta) a un hospital de Mwanza.

Cuando llegamos resulta que necesitaban un papel que no tenían para que les dieran los resultados, y entonces Joseph me preguntó si podía quedarme con el niño esperando mientras él iba a casa a buscar el papel ese. Y en Tanzania las cosas son así. Y nadie se alarma. Así que me quedé con Gelvas durante 2 horas en una sala de espera que olía a muerto llena de gente enferma.

Joseph volvió al cabo de muuuucho tiempo con un paso más bien calmado y un papel arrugado en la mano. Y resulta que ese papel no era el que le habían pedido, y seguían sin darle los resultados de las pruebas. Y yo que ya no sabía a qué más jugar con Gelvas. Y nos fuimos de allí.

De camino a casa, por calles infestadas de gente y tráfico, después de 3 horas en el hospital ese y sin resultados ni pruebas ni nada, yo no podía dejar de pensar en Gelvas. Sentado en silencio en el asiento de atrás, mirando por la ventana, con sus 11 añitos y sus ojos grandes y redondos. ¿Qué le estaría pasando por la cabeza? ¿Cómo sería su mundo ahí dentro? ¿Qué pensaría él de todo esto? ¿Cómo lo entendería?

Esa fue mi primera polaroid regalada. Le hice posar para una foto y disparé. A los 5 minutos, cuando vio que empezaba a aparecer su cara en aquel trocito de papel blanco, sus ojos grandes y redondos se iluminaron como dos soles. No soltó la foto en todo el día de su manito sucia. Me llevó a comer pescado a un bar muy local y paseamos por el mercado de Mwanza de la mano mientras le enseñaba la pequeña foto a todo el que se cruzaba. Fue un día muy bonito para mí, y sé que para él también.

Espero que esté donde esté el pequeño Gelvas, esté bien. Que se haya curado. Que haya vuelto al cole y que esté jugando con los otros niños. Que Joseph y Andrea sigan cuidando de él. Que sus ojos sigan siendo grandes y redondos.

 


 

La señora que disfrutó viéndome comer | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
La señora que disfrutó viéndome comer | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

Esta señora era la dueña del pequeño puestecillo/bar en el que comí aquel día con Gelvas. Cuando estaba en Tanzania y pensaba en comer en un restaurante/bar local me imaginaba que encontraría algo cutrecillo pero con pinta de restaurante. No podía estar más equivocada.

El restaurante en cuestión era una pequeña caseta de chapa plantada en medio de una calle y yo solita nunca hubiera adivinado que ahí dentro se comía nada. Pero Gelvas me llevó hasta ella sin pestañear por las calles sucias de Mwanza. Sus calles.

Por dentro la caseta estaba decorada con carteles viejos de Pepsi y un par de mesas de plástico con algunas sillas. Desde que entramos por la puerta, la señora no se podía creer que yo fuera a comer allí, en su humilde morada. ¡Una muzungu! ¡Aquí!

Me llenó los brazos de abrazos y la cabeza de palabras en suajili que Gelvas me traducía como buenamente podía (tampoco es que el niño hablara muy bien inglés). Nos sentamos y enseguida nos trajo dos platos con dos suculentos trozos de pescado, dos cuencos con frijoles y dos buenos montones de arroz. Y sorprendentemente, la señora cogió una silla y se sentó justo delante de mí para no perderse nada del espectáculo. Y no despegó los ojos de mí ni un solo bocado. Sonreía. Se reía con fuerza. Gritaba algo. Le respondían desde fuera. Aplaudía. Me decía algo a mí que Gelvas pasaba de traducir. Y así todo el rato.

La verdad es que me hizo bastante gracia y disfruté mi momento de rockstar. Cuando terminamos de comer le hice una foto y se la regalé. Y os juro que la señora no se podía creer lo que veían sus ojos y yo creo que tampoco: el brillo que le salió disparado directo a mi corazón solo lo había visto una vez antes en mi vida, aquella mañana en el coche cuando le regalé la foto a Gelvas.

 


 

La chica que vivía en una casa con vistas al lago | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
La chica que vivía en una casa con vistas al lago | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

A ella la conocí uno de aquellos días, mientras intentaba volver caminando desde la Bismarck Rock (el punto más conocido de la ciudad de Mwanza) hasta la tienda de Joseph, para volver a casa desde allí (el único lugar donde sabía que se cogía el dalla dalla con destino a la que estaba siendo mi casa).

Yo no estaba perdida, sabía perfectamente el camino hasta la tienda de Joseph y eran como las 4 de la tarde, plena luz del día. Pero no me estaba gustando demasiado caminar sola por allí, todos los hombres que me cruzaba me decían algo, me gritaban desde las motos al pasar, desde los coches, desde los dalla dalla. No tenía miedo a que nadie me hiciera nada, simplemente estaba cansada de ellos. Dos días sola en cualquier parte de África poco frecuentado por blancos puede llegar a agotarte mucho.

Y así fue como vi a Stella caminando por la acera de enfrente, y ni corta ni perezosa me acerqué a hablar con ella. Que encanto Stella, como me alegré de haberla conocido. Le hizo tanta ilusión que empezara a hablarle que al principio no podía contener la vergüenza. Caminamos juntas, pues su casa estaba de camino a la tienda de Joseph, y me contó que tenía 23 años, que trabajaba en la peluquería de su hermana y que algún día le gustaría ir a Dar es Salaam para ver el mar, pero que estaba muy lejos. Solo quería ir porque le habían dicho que el mar era aún más bonito que el Lago Victoria, y ella no se podía creer que hubiera algo más bonito que su lago.

Me invitó a su casa y cuando la vi, pensé que en cualquier otro sitio del mundo aquella casa valdría millones, y me alegré de saber que allí, en aquel rincón de Tanzania bañado por un lago más bonito que cualquier mar, fuera de Stella y de su familia y valiera también millones, pero no de dinero.

El lugar en cuestión era una pequeña casita de cemento al final de un camino de tierra. Todas las ventanas daban al lago, se veía la Bismarck Rock y todas las casas de barro esculpidas por las montañas al fondo. Abajo de la casa había unos niños bañándose en el lago como si nada, que habían bajado a la orilla por un caminito que salía directamente de la casa de Stella.

Que preciosidad de lugar. Tomamos un té (asqueroso, que siempre lo odié y siempre tuve que bebérmelo por cortesía) y conocí a su babu (abuelo) que me tocaba el pelo como si nunca hubiera visto algo como eso (y probablemente así fuera). Y antes de irnos, le hice a Stella una foto en aquella habitación con vistas al lago y ropa colgada por las paredes.

Me gusta pensar que Stella está ahora mismo en esa habitación, con la pequeña foto pegada encima de la cama, justo donde la dejé. Y también espero que todavía no haya ido a Dar, que todavía tengo algo con lo que soñar.

 


 

André y el día que vi bebés cocodrilo | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
André y el día que vi bebés cocodrilo | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

André (vete tú a saber cómo se escribe su nombre de verdad), el chico que trabajaba en la puerta del hotel de Malaika Beach. Para poneros en antecedentes, una tarde que no tenía nada que hacer y ya me había cansado de la suciedad de Mwanza, Joseph y Andrea me dijeron que desde su casa se podía llegar andando a una playa, que solo tenía que girar por la primera carretera a la derecha y seguir recto hasta la playa. Y yo me lo creí.

Así que allá me fui, a las 3 de la tarde y a 35 grados, en busca de la dichosa playa. Caminé durante casi una hora por aquella carretera desolada por la que no me crucé a penas personas, solo algún Jeep lleno de chinos y alguna moto que pasaba con los conductores siempre girando la cabeza para mirarme hasta que ya no podían más. No tuve miedo pero estaba inquieta. Es lo que tiene la aventura.

Cuando llegué al final de la carretera me entraron ganas de llorar al descubrir que allí no había ninguna playa, bueno, sí la había, pero estaba dentro de un resort y tenía que pagar 5.000 shilings (2,5€) para entrar. Y así fue como conocí a André, que estaba aburrido en la puerta del resort controlando la gente que (no) entraba y, que queréis que os diga, le alegré el día. Y él a mí.

Durante mucho rato intenté convencerlo de que me dejara pasar sin pagar. Él se reía como si estuviera contándole el chiste más divertido del mundo. En realidad, se rió así desde que me vio aparecer, como si yo fuera el chiste, y me dijo que en 2 años era la primera muzungu que había llegado andando hasta allí diciendo que quería ir a la playa. Qué cosas. Y yo seguí con mi lucha, erre que erre que no quería pagar.

André me dijo que no podía dejarme pasar sin pagar porque lo despedirían, pero que podía llevarme a un sitio al lado del resort donde había un poco de playa. Le dije que vale. Bajamos por un caminito diminuto tapado por miles de ramas y plantas y llegamos a un trocito de arena que no podía ni llamarse playa, cabíamos los dos y un pescador. Pero era un lugar bonito. André me hizo fotos con el lago de fondo y vi bebés cocodrilo paseando tranquilamente por la orilla. Y grité mucho mientras André se reía a carcajadas.

Luego volvimos al resort y decidí pagar para ver la dichosa Malaika Beach, que resultó ser bastante fea y encima el resort estaba vacío. Así que duré 15 minutos. Cuando salí por la puerta dispuesta a decirle a André que estaba muy enfadada porque ahora tenía que volver andando por la carretera esa y que ni playa ni nada, me encontré con la sorpresa de que André había llamado a un amigo suyo que me estaba esperando con la moto para llevarme hasta la carretera principal, donde estaba mi casa. ¿Cuánto dinero? Pregunté con cara de borde. ¡Te invito yo, es mi amigo! Fue su respuesta.

André se ganó su polaroid y me quedé otros 15 minutos más con él para memorizar la cara con la que miraba la pequeña foto. La misma cara que le había visto antes a Stella, a Gelvas y a la señora del pescado.

La cara que te deja la magia cuando pasa por delante de tus ojos.

 


 

Tres rastas, una foto | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
Tres rastas, una foto | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

Esta foto es mi favorita, porque quedó preciosa. De hecho, fue bastante gracioso porque al hacérsela a los tres juntos no pensé en el pequeño inconveniente de quién se quedaría la foto. Y ellos estuvieron discutiendo durante largo y tendido porque los tres querían quedársela. Se la arrancaban de las manos unos a otros y decían “ahora me toca mirarla a mí”.

No recuerdo sus nombres, aquellos días conocí a muchos rastas y me era imposible recordar los nombres de cada uno. Tampoco es que ellos me llamaran por mi nombre, me llamaban muzungu o, en el mejor de los casos, “la amiga de Joseph”. Pero se portaron muy bien conmigo y yo me divertí bastante en su guarida.

Ellos se pasaban todo el día metidos en la tienda que compartían con Joseph, en la que vendían típicos collares y pulseras y bolsos y gafas de sol y cosas random y cuadros que ellos mismos pintaban en la parte de atrás. En esa parte de atrás pasé la gran parte de mi tiempo en Mwanza, porque cuando se hacía de noche ya no tenía a donde ir. Allí siempre había rastas pintando y tocando música, fumando marihuana y hablando de cosas que no había dios que entendiera. Y allí siempre estaba Gelvas también.

Estos tres rastas, concretamente, eran los que siempre estaban con él. No sé por qué, pero llegábamos a la tienda y él se iba directamente a la esquina donde estaban ellos, y se quedaba sonriendo en silencio a su lado, hasta que ellos le daban algún lienzo y pinturas y se ponía a pintar. Me produjo mucha ternura como trataban a Gervas, y yo me divertí mucho con ellos porque estaban fumados y las conversaciones eran de lo más extrañas.

Así que el día que me despedí de ellos les hice esta foto y se la regalé. Y luego me fui con Joseph a casa mientras los dejábamos en aquella parte de atrás con el suelo de arena, rodeados de pintura y de hogueras de basura, discutiendo sobre quién se quedaría la foto.

 


 

Shakia sonriendo en la cocina, Shakia y su valentía | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016
Shakia sonriendo en la cocina, Shakia y su valentía | Mwanza (Tanzania), agosto de 2016

La he dejado para el final porque fue mi persona favorita en Mwanza: Shakia, la dulce niña de 15 años con la que compartí casa, cenas y un viaje a la isla de Ukerewe (su primer viaje). Mis días con Shakia fueron preciosos, toda una lección de vida. Y todavía hoy me acuerdo de ella en cualquier momento, en cualquier lugar. Sin que tenga que ver con nada se cruza fugaz por mi cabeza la imagen de Shakia sonriendo en el ferry, Shakia sonriendo en la cocina. Y siempre me da un pinchazo de no-sé-qué en el alma.

Shakia era una de las niñas de la calle a las que, como a Gelvas, cuidaban mis hosts de Airbnb. Ella además vivía en la casa y fue mi compañera aquellos días. Íbamos al mercado juntas, hacíamos la cena, veíamos alguna peli en mi iPad. Al principio casi no hablaba, yo pensaba que era porque no sabía inglés y me esforzaba al máximo por exprimir todos mis conocimientos de suajili, algo que a ella le hacía mucha gracia. Pero al rato descubrí que solo tenía vergüenza, porque cuánto más tiempo pasábamos juntas más se soltaba, y acabó contándome su dura vida de arriba a abajo.

La preciosa Shakia, con sus 15 años, ha vivido más de lo que yo viviré en toda mi vida. Y eso me dio mucha pena al principio y mucha alegría al final de todo, cuando nos despedimos, porque la dejé en la casa bonita y segura de Andrea y Joseph y ellos la cuidaban como si fuera su hija. Hay muchos niños por las calles de Mwanza solos y hambrientos que no conocen a ningún Joseph ni a ninguna Andrea. Shakia es afortunada.

Le cogí mucho cariño a esta pequeña y me la acabé llevando de viaje a la isla de Ukerewe, un post que todavía tengo pendiente de escribir porque fueron unos días preciosos con una persona preciosa.

No sé nada de Shakia desde que me fui de Mwanza. Le escribí un par de veces a Andrea preguntándole por ella y solo me dijo que estaba bien, que era una strong girl y que sabría cuidarse siempre. Que no me preocupara. Y no me preocupo, solo quería que supiera que pienso en ella, a menudo, y que espero que algún día volvamos a vernos. Cuando ella ya sea una mujer. Y recordemos nuestro viaje por Ukerewe. Nuestros paseos en bici. Nuestros platos de pescado y pollo frito. Nuestra amistad inesperada que ató fuerte un lazo para siempre entre dos personas que no tienen absolutamente nada en común. Y como echo de menos su presencia en mi vida.

Como echo de menos Tanzania.

Y como sus recuerdos hidratan mi corazón cuando se queda seco de tanto llorarlos.

Me gusta pensar que, al menos, estas 6 personas siempre se acordarán de mí cuando vean su pequeña foto, al igual que yo me acuerdo de ellos cuando necesito sentirme viva, y los rescato de mis recuerdos.

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