Enfrentándome a mis miedos en Dar es Salaam

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“Cuando algo te de miedo, hazlo. Solo cuando lo hayas hecho dejará de darte miedo”. Eso me dijo Abdi, un londinense que conocí hace unas semanas en Moshi, cuando hablamos de lo mucho que me asustaba coger sola el bus que va a Dar es Salaam. Quería pasar las dos semanas que tenía sin cole en Zanzíbar, y para eso, con mi presupuesto, era imprescindible hacer una parada en la cuidad que tantos me habían descrito como el infierno, para coger desde allí un ferry al ansiado paraíso.

Dar es Salaam, a pesar de significar literalmente “remanso de paz”, es la cuidad más grande y más poblada de Tanzania, capital del país hasta 1996 y, por lo que todos con los que he hablado me contaban, un lugar nada friendly con el viajero. Pero el día que decidí venirme sola a África sabía que tendría que enfrentarme a miedos como este y de hecho, una de las razones de venir era plantarle cara a esos miedos. Así que ahí estaba yo, un miércoles a las 6:30 de la mañana con la mochila a cuestas por la carretera de Moshi, y con las palabras de Abdi dando vueltas en mi cabeza: “just do it”. Y lo hice.

Por 33.000 shilings viajé en el bus más cómodo en el que nunca he ido, y pasé 10 horas de viaje que se me hicieron cortas mirando por la ventana… Atravesamos Tanzania de norte a este y pude ver su corazón: es verde, húmedo y jugoso, como el sueño que me trajo hasta aquí. Pasamos campos de azúcar, de café, de maíz y hasta un campo de pitas inmenso. ¡Nunca había visto tantas juntas! Y también vi monos enormes caminando por la carretera, y vacas jorobadas y cabras y un baile de colores constante entre los mercados y los floridos velos de las mujeres. Los niños me saludaban a través del cristal y allá donde mirara veía casas de barro. Casas de barro que me siguen arañando el corazón. Barro y chapa. Barro y paja. Barro y nada.

Barro y nada
Barro y nada
Las vistas desde el autobús, mi película favorita

 

Justo el día antes de salir había conseguido un contacto en Dar. Un amigo de Sam (la directora de mi ONG) que no dudó en viajar desde Zanzíbar al infierno para recogerme. Así que contra todo pronóstico, cuando me bajé del bus en Dar es Salaam un rastafari muy majo estaba esperándome en la estación con una sonrisa de oreja a oreja, dispuesto a enseñarme que también hay cielo en el infierno si sabes dónde buscar.

Si soy sincera, no tengo ni idea de donde estuvimos, solo sé que el barrio se llama Kinondoni y que me recordó gratamente a Moshi, solo que en vez de barro en las calles, había arena. Paseamos durante horas por sus callecitas llenas de tiendas, de bares, de colores y de olores nuevos, y no vi a ninguna otra muzungu. Mi amigo rasta conocía a todo el mundo y fuimos entrando en las casas de sus amigos, las mamas me abrazaban y los niños me cogían de la mano y me tocaban el pelo. Fue una tarde muy bonita que culminé con unas cuantas cervezas y un pollo frito con patatas. Me sentí feliz y pletórica y Dar es Salaam me pareció entonces un auténtico remanso de paz, como debía de ser antaño, en el que darle una tregua a mis miedos. Hasta que llegó la noche…

Una casita de Kinondoni

Nos quedamos en un hostel en Kinondoni que por no tener, no tenía ni ducha (ni siquiera agua corriente), pero solo me costó 15.000 shilings la habitación (si quieres un precio local, tendrás un sitio local) y para pasar solo unas horas fue más que suficiente. Aunque he de reconocer que cuando por la noche llegué a la habitación me pareció el lugar más hostil de la tierra… Pasé miedo, calor y angustias varias. A penas pude dormir y la música atronadora de los alrededores se colaba continuamente en mis pesadillas. Pero sobreviví, y aunque llevara dos días sin ducharme y no recordara la última vez que había dormido bien en toda una semana, a la mañana siguiente, de camino al ferry, volví a sentirme invencible ante la inmensidad del mundo.

Pero no duró mucho.

Dúchese usted como pueda. No confundir con el agua para el retrete.
Dúchese usted como pueda. No confundir con el agua para el retrete.

Cuando llegamos al puerto para coger el ferry hacia Zanzíbar empezó de nuevo la lucha constante por el precio de las cosas para una muzungu en Tanzania. Resumiendo, el ferry de Dar es Salaam a Zanzíbar cuesta 35$ si pagas en dólares, si quieres pagar en shilings, el precio varía tanto como tanto dinero quiera quedarse el listo de turno. 35$ son exactamente 77.000 shilings, pero en una oficina me pedían 88.000 y en otra 90.000, y yo empeñada en hacer el cambio con mi móvil y enseñarles que sabía que me estaban engañando, y ellos empeñados en que tenía que pagar lo que les diera la gana… Así que al final, por no dar mi brazo a torcer, me fui a cambiar mis shilings a dólares y perdimos el ferry… Y nos tocó esperar dos horas hasta el siguiente.

Fueron dos horas un poco aburridas en un chiringuito en la playa más sucia que jamás he visto. Además de que los locales la utilizan como vater y mientras me bebía mi coca cola tuve unas vistas bastante desagradables todo el rato, y lo mejor fue cuando quise ir al baño del chiringuito y me dijeron que tenía que pagar 1.000 shilings… WTF?! Al final, como siempre aquí, te toca pensar “hakuna matata” y pasar de todo. Que explote mi vejiga. Cogimos el ferry hacia Zanzíbar a las 12:30 y no pude evitar quedarme dormida, así que cuando mi nuevo amigo rasta me despertó para que viera la entrada en Stone Town, yo solo quería que acabara ya aquel viaje infinito…

Desde el ferry: bye bye Dar
Desde el ferry: bye bye Dar

En Stone Town estuve creo que unos 20 minutos, callejeando sin prestar atención a nada, siguiendo a mi amigo rasta por las calles abarrotadas hasta subirme a un dala dala también lleno hasta la bandera que nos llevaría hasta Nungwi, al norte de la isla. Fue una hora de trayecto enlatada entre cuerpos sudorosos en la que luché con todas mis fuerzas por no dormirme, porque no quería perderme nada de lo que pasara por la ventana, pero no lo conseguí… Y cuando de nuevo me despertaron al llegar a Nungwi me sentí más cansada que nunca en mi vida. Eran las 16:30 de la tarde y no había comido ni bebido nada en todo el día, a excepción de mi coca cola con vistas a los excrementos locales, y justo en ese momento, al bajarme del dala dala en un camino de arena y palmeras que desembocaba en mi paraíso prometido, toda la felicidad que había sentido el último mes en Moshi bajó de golpe y me sumí en un estado de desconcertante tristeza que ni el más bonito de los atardeceres pudo curar…

¿Alguien me presta un poco de oxígeno?
¿Alguien me presta un poco de oxígeno?

Mi llegada a Zanzíbar no fue dulce, ni pletórica ni tan cinematográfica como me había imaginado. Más bien fue solitaria, lluviosa y extraña. Me dolía todo el cuerpo y me acompañaba una sensación pegajosa de que no estaba donde debería estar. El cansancio físico fue dando paso poco a poco a un sentimiento mucho más profundo y trágico que hacía tiempo que no tenía: el cansancio emocional. Tanto movimiento de emociones en las últimas semanas acabó por explotarme en la cara justo cuando menos lo necesitaba, y no encontré consuelo ni en el agua turquesa que me recibió ni en la arena más fina que jamás he pisado. La misma que piso ahora mientras escribo, la misma que se me antoja falsa, insulsa, irreal. La misma que tantas veces imaginé sentir y acariciar, hoy se burla de mí con su suave vaivén de olas, con sus colores de ciencia ficción.

Tal vez mis miedos se quedaron en Dar es Salaam porque dejaron de ser miedos. Pero también dejaron espacio para que otras emociones llegaran y lo arrasaran todo. Algunas nuevas y desconocidas, otras viejas enemigas. O tal vez, este remolino que siento dentro no se trate de nada nuevo, sino solo la resaca de todo lo anterior. La resaca de un mes de felicidad plena que todavía no he tenido tiempo de asimilar.

Mi primer atardecer en Zanzíbar y toda su tristeza contenida...
Mi primer atardecer en Zanzíbar y toda su tristeza contenida…

Ahora estoy en Zanzíbar. Lejos de Moshi, de los amigos que he conocido allí, de mis niños… Y aunque la belleza clara y ancestral de este rincón del mundo se me antoje extraña y triste, algo me dice que podemos repararnos mutuamente. La isla y yo.

Ayer me susurró bajito: vamos a darnos una oportunidad.

4 Comment

  1. Luna says: Responder

    Escribe un libro, please! Lo compraría de inmediato!! Estoy enganchada a todo lo que escribes

    1. M. Ares says: Responder

      Jaja algún día! Prometo que serás la primera en enterarte :) Muchas gracias por tus palabras.

  2. Natalia M-Borregón says: Responder

    ¡Qué aventura! Me has trasladado cada uno de tus sentimientos, just do it valiente ✌️

    1. M. Ares says: Responder

      Natalieeee me alegro mucho :) espero que sirva para hacerte viajar un poco desde esa oficina de Eloy Gonzalo!

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