El día que vi sonreír a la Plaza Mayor

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El corazón de una ciudad es como el de cualquier ser vivo. Late con fuerza, se calma, se acelera e incluso se para. Poéticamente hablando, es el centro de las pasiones y las emociones. Es el guía de la vida. Se enamora, sonríe, se envenena, suspira, se desangra. Se vuelve un mar de lágrimas, se salva, ríe a carcajadas, se desploma… Se reinventa. Al corazón de Madrid se puede entrar por diez calles diferentes, pero solo hay una forma de llegar a él: entregándole el tuyo a cambio.

La plaza Mayor, que siempre ha conservado este nombre entre los madrileños a pesar de los múltiples bautizos que tuvo a lo largo de la historia, bombea sangre a la ciudad desde el siglo XVI, cuando la Laguna de Luján, que entonces ocupaba este lugar, dejó que se evaporara hasta su última gota de agua.

plaza mayor

Cuando entré por primera vez en la plaza Mayor, lo hice como turista. La última vez que salí de ella, esta mañana, tras cinco años pisando su resbaladizo y pedregoso suelo, me di cuenta de que salía, como dicen aquí: como una gataY es que mi corazón hace mucho tiempo que se lo quedó la plaza a cambio de entregarme sus secretos.

Secretos que gritan a voces cada una de sus esquinas, pero que solo oye aquel que sabe dónde mirar. La mayoría de personas pasan por ella prestando más atención a los mapas, a las cámaras y a los teléfonos, que a lo que grita la plaza. Pocos ven la frustración en el rostro de Miguel, camarero de uno de los muchos restaurantes para guiris que rodean la plaza Mayor, cuando su terraza se queda a la sombra, y por más que se deja la vida en gritar sus ofertas, nadie se para a escucharlas. Igual que nadie presta atención al puñado de artistas que cada día acude a la plaza para ganarse la vida. Reclutados en una pared, los pintores se frotan las manos heladas de no pintar. Los mendigos buscan una mirada que no les esquive, que se deje mirar. Malabaristas, payasos, mimos, especialistas en mantenerse durante horas en la misma posición. Todos esperan lo mismo: bondad, calor, unas monedas. 

La plaza Mayor no está hoy en su máximo esplendor. La veo a medio vestir, con restos de adornos navideños colgando por todas partes, un laberinto de cables surcando el cielo, hierros y andamios manchando sus edificios que han sido clásicos, románticos y barrocos. Le busco los ojos y la veo escondiéndose. Le digo que aunque no sea su mejor momento, todavía es hermosa.

Por eso tantos se enamoraron de ella, aunque ella solo se enamoró de Felipe. Y suspira cada mañana al verle como antaño: subido a su caballo en el centro de la plaza. Y se desangró con todos los toros que se desangraron entre sus manos. Lloró cada cabeza que rodó por su empedrado y aprendió, de tanta muerte, a ser orgullosa, “más orgullosa que Rodrigo ante la orca”. Posó para pintores, arquitectos, fotógrafos. Fue coqueta y luchadora. Hermosa y guerrera.

Se reinventó cuatro veces. Las tres primeras, tras tres incendios. La cuarta, después de 1939. Cuando murió de pena al ver como robaban su ciudad amada.

A diario, soporta las pisadas de miles de personas, posa para sus fotos, mira a los ojos a todo el que quiera mirarla y nunca, jamás, la he escuchado quejarse. Un día la vi sonreír al viento mientras todos le daban la espalda, y me sentí afortunada: había llegado al corazón de esta ciudad tan ajena, tan extraña. Entonces entendí aquellas palabras del maestro, del más madrileño: “el que ha nacido en Madrid, no ha podido soñarla”. Quién sino Sabina podía haberle dedicado esas palabras.

 


 

texto escrito para el Taller de Periodismo de Viajes de la Escuela UAM-El País, impartido por Paco Nadal el 10 de enero de 2015. 

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