Cinque Terre en invierno: make the difference

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Las Cinque Terre son uno de los lugares más deseados del mundo. Y no es de extrañar. Los 15 kilómetros de costa bañados por el mar de Liguria que albergan estos cinco pueblos pesqueros son una auténtica locura, y todo el que oye hablar de ellos tiene la imperante necesidad de visitarlos al menos una vez en la vida.

Carreteras infinitas que desembocan en pueblos imposibles, viñedos desnudos que esperan la primavera y casas de colores apiñadas y suspendidas sobre vertiginosos acantilados… Ese es el cóctel con el que se presenta el paisaje del Parque Nacional de las Cinque Terre en un febrero cualquiera.

Casi nada, ¿eh? :)

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La carretera imposible de las Cinque Terre

Por eso no es de extrañar que el turismo masivo haya llegado hace ya tiempo a este rincón de la costa italiana. De hecho, el gobierno ha decido empezar a limitar el acceso a los pueblos para el verano de 2016. Como tristemente ya ha ocurrido en otros lugares que conozco muy bien como la Playa de las Catedrales o las Islas Cíes.

¿Solución? Make the difference y no esperes a verano: visita las Cinque Terre en invierno.

Al innegable encanto que ya tiene el lugar en cualquier época del año, se suma la magia que desprenden los pueblos pesqueros cuando llueve y las barcas duermen amarradas a la orilla, el olor a madera mojada y salitre impregna las calles y los viejos pescadores son prácticamente los únicos que se atreven a salir de sus casas y desafiar al frío.

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Un pescador vuelve a casa con la cena

Recorrimos las Cinque Terre en coche durante dos días. La carretera que une los cinco pueblos es un poco peligrosa, sobre todo en invierno cuando los tramos de mayor altura están llenos de niebla y no se ve nada. Hay muchas curvas y zonas que dan bastante vértigo, incluso pasamos por partes que estaban medio derruidas sobre el acantilado, pero no tuvimos ningún problema.

En todos los pueblos hay parkings a la entrada (de pago; 10€ el día).

Aunque la forma más común de recorrer las Cinque Terre es en tren, saliendo desde la ciudad de La Spezia y haciendo el recorrido en el sentido contrario al que hicimos nosotros. Puedes comprar un bono que incluye paradas en todos los pueblos.

Vamos a conocerlos uno a uno:

Monterosso al Mare

Monterosso es el primero de los cinco pueblos (si llegas desde el norte de Italia, como nosotros, que salimos desde el aeropuerto de Bérgamo; es el último pueblo si haces la ruta desde La Spezia) pero no pasamos por él. Directamente fuimos a Vernazza que era donde teníamos el alojamiento, y fue tan increíble que preferimos quedarnos y no ir a Monterosso…

Vernazza

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Vernazza, parece un cuadro pero es real

Al llegar a Vernazza y dar los primeros paseos por sus callecitas me sorprendió gratamente descubrir que la esencia de este lugar parecía intacta, sensación que me acompañó también en los demás pueblos. Tal vez sería cosa el invierno…

No hay mucho que hacer en Vernazza salvo pasear, perderse por el entramado de calles y escalinatas imposibles, subir a ver el pueblo desde la iglesia o disfrutar de la puesta de sol desde la pasarela que sale de la plaza central. Comerse un gelatto o cenar algún plato de pasta con sabor a mar.

Por 50€ pasamos la noche en la casa de un matrimonio italiano que aunque no nos hicieron ni caso resultó que tenían ¡la mejor terraza de Vernazza! Por eso decidimos pasar de ir a Monterosso y quedarnos disfrutando de nuestras privilegiadas vistas.

¿No habríais hecho lo mismo teniendo esta terraza?

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El pueblito que se ve al fondo es Monterosso
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Callecita de Vernazza
Atardecer desde nuestra terraza
Atardecer desde nuestra terraza

Corniglia

Si en Vernazza hay poco que hacer… ¡En Corniglia no hay nada! Nada de verdad. El pueblo es mucho más pequeño y no está a la orilla del mar como los demás, sino que se encuentra suspendido en un acantilado y rodeado de viñedos. La postal es espectacular.

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La pequeña Corniglia

Desde su mirador se ven Vernazza a la derecha y Manarola a la izquierda. Paseamos un poco entre las casitas de colores y le dimos la espalda al mar para dirigirnos al siguiente pueblo. Fue entonces cuando en la cima de la montaña vimos otro pueblo diminuto y pensamos… ¡Las vistas que tiene que haber desde ahí!

Le preguntamos a un señor que estaba trabajando en su huerto como se llamaba ese pueblo y nos dijo que era San Bernandino, y que en coche solo se tardaba unos 5 minutos, así que allá que nos fuimos.

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Vistas de Corniglia desde San Bernandino

Si vais en coche: ¡Tenéis que subir! (el tren no pasa por ahí); San Bernandino son unas diez casas y una vista espectacular. Es el típico sitio al que me retiraría unos meses para escribir un libro.

Manarola

Es difícil elegir uno de los 5 pueblos como “el más bonito”, pero Manarola puede que se lleve el premio… Al menos para mi. La imagen de sus coloridas casas apiñadas en el acantilado mientras el mar se lanzaba enfurecido una y otra vez contra el no se me olvidará nunca.

Las mejores vistas de Manarola se encuentran siguiendo la pasarela de madera hacia la derecha y alejándote un poco del pueblo. Pasarela que, por cierto, une los cinco pueblos por la costa para que se puedan visitar caminando.

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Manarola y una pita solitaria
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El invierno en Manarola

Recorrimos todos los recovecos de Manarola, llovía bastante y a penas había gente a parte de los vecinos del pueblo. Vimos pescadores sentados tranquilamente en la puerta de sus casas o trayendo leña para calentar el hogar, y a señoras tendiendo la ropa, poniendo comida a los gatos o conversando tranquilamente de ventana a ventana con sus vecinas.

El día a día de un pueblo de pescadores es siempre parecido, no importa la parte del mundo. Yo, que me he criado en uno de ellos, no pude evitar sentirme “en casa” a cada paso.

Riomaggiore

Con muchas ganas de subir cuestas llegamos a Riomaggiore, la que sería nuestra última parada en las Cinque Terre. Como en los otros pueblos, las casas están construidas unas encima de otras, lo que convierte las calles en cuestas infinitas o escalinatas imposibles. Pero vale la pena hacer el esfuerzo y subir hasta el final, donde se encuentra el castillo en ruinas.

Desde allí tendrás una increíble panorámica de las casas esculpidas a lo largo de la ladera y el mar rugiendo de fondo.

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Riomaggiore desde el castillo

A penas encontramos gente en Riomaggiore, igual que en Manarola. La hostilidad de un día de invierno cualquiera nos regaló una solitaria estancia en este rincón del mundo tan codiciado…

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Aquí, echando el rato…

La magia de las Cinque Terre se hace palpable desde que pones un pie en cualquiera de sus rincones. Imagino que en los meses de temporada alta, cuando el número de turistas es tan elevado, cuesta más encontrarle el encanto. Al menos yo no disfruto conociendo un lugar nuevo si está muy masificado.

Por eso la opción de elegir el invierno para ir a esos lugares del mundo que hay que visitar al menos una vez en la vida, siempre es un plan que me gusta. Soy coruñesa, he crecido haciendo planes bajo la lluvia, igual es por eso…

Y tú, ¿has estado ya en las Cinque Terre? ¿Prefieres el invierno o el verano? ¿La gente o los sitios solitarios? :)

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