Cementerio de La Recoleta, donde la muerte es belleza

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¿Por qué no iba a ser bella la muerte? Eso pensé cuando entré por primera vez en el cementerio de La Recoleta. Lo mismo que debieron pensar los cientos de artesanos de todo el mundo que desde el siglo XIX han diseñado y tallado con mimo los espectaculares mausoleos y panteones que allí cuidan de los muertos. Hasta tal punto, de hacer de la muerte un arte. E incluso Museo Histórico Nacional desde 1946.

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Casi dos siglos de vida le otorgan al cementerio de La Recoleta ese aire solemne de quién ha visto y oído demasiado. Y es que aunque entre sus muros se encuentren las construcciones más bellas de Buenos Aires, ¿qué hay en las tumbas más que amor, dolor y olvido?

Por eso se mantiene noble, cómplice de tantas y tantas historias sepultadas para siempre. Como la del sepulturero que se suicidó para estrenar su propia tumba, los sirvientes enterrados cerca de sus amos (aunque fuera del panteón familiar) como premio a su fidelidad, la nieta de Napoleón, enterrada aquí a las pocas semanas de nacer y a la que ni una placa recuerda… O el matrimonio que tanto se odió en vida, que mandó construir sus tumbas con estatuas dándose la espalda también en muerte.

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Y cuántas historias más, corroídas por el tiempo, se han perdido en estos panteones sin que nadie haya llegado a penas a escucharlas. Pasear por el cementerio de La Recoleta es perderse en otra época, en otras vidas… Por algo es uno de los cementerios con más riqueza histórica y arquitectónica del mundo: los principales artistas, políticos y acaudalados nobles argentinos reposan aquí sus últimos deseos.

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Exilio macabro del cuerpo de Evita 

Tal vez, la tumba más buscada en La Recoleta es la que con recelo guarda el cuerpo de Eva Perón: la abanderada de los humildes, la dama del pueblo que, engalanada con joyas y pieles, repartía comida y enseres entre los más pobres de la Argentina. Un cáncer se la llevó por delante con tan solo 33 años en 1952, pero ojalá su historia hubiera terminado ahí.

Su cadáver -el que se dice que el doctor Ara convirtió en obra de arte con un embalsamiento perfecto- fue robado y condenado a un exilio macabro, siguiendo un itinerario que lo llevó a cruzar el océano hasta Bruselas, Roma y finalmente, Milán, donde fue sepultado con otro nombre. Dieciséis años después y sin que nadie supiera nunca la verdad sobre el secuestro de los restos de Evita, el cuerpo regresó a su Argentina querida y fue enterrado aquí, en La Recoleta, como Eva Duarte en el panteón de su familia.

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El último deseo de Borges que nunca se cumplió 

Jose Luis Borges vivió durante años en el barrio de La Recoleta (allí escribió gran parte de ‘El Aleph’) y en el mítico cementerio de mismo nombre se encuentra el panteón de su familia. Pero a pesar de los múltiples testimonios del autor en los que deja patente su deseo de enterrarse aquí, con los suyos, el cuerpo de Borges descansa en Ginebra (Suiza) desde 1986, por órdenes de María Kodama, su última esposa.

Uno de los testimonios más polémicos es el que aparece en la película documental ‘Le passé qui ne menace pas’ (El pasado que no amenaza), realizado por José María Berzas y André Camp para la televisión pública francesa. En él, podemos ver a un Borges en blanco y negro que, en 1969, explica frente al panteón familiar que allí es donde también quiere que repose su cuerpo.

Otro testimonio, quizás el más lapidario, es el que deja por escrito en su precioso poema ‘La Recoleta’ (1923). Qué mejores letras que las de Borges, para terminar también nuestro paseo por el cementerio.

“Convencidos de caducidad
por tantas nobles certidumbres del polvo,
nos demoramos y bajamos la voz
entre las lentas filas de panteones,
cuya retórica de sombra y de mármol
promete o prefigura la deseable
dignidad de haber muerto.

Bellos son los sepulcros,
el desnudo latín y las trabadas fechas fatales,
la conjunción del mármol y de la flor
y las plazuelas con frescura de patio
y los muchos ayeres de la historia
hoy detenida y única.

Equivocamos esa paz con la muerte
y creemos anhelar nuestro fin
y anhelamos el sueño y la indiferencia.
Vibrante en las espadas y en la pasión
y dormida en la hiedra,
sólo la vida existe.

El espacio y el tiempo son normas suyas,
son instrumentos mágicos del alma,
y cuando ésta se apague,
se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte,
como al cesar la luz
caduca el simulacro de los espejos
que ya la tarde fue apagando.

Sombra benigna de los árboles,
viento con pájaros que sobre las ramas ondea,
alma que se dispersa entre otras almas,
fuera un milagro que alguna vez dejaran de ser,
milagro incomprensible,
aunque su imaginaria repetición
infame con horror nuestros días.

Estas cosas pensé en la Recoleta,
en el lugar de mi ceniza

1 Comment

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