Aldeas abandonas que esconde A Costa da Morte

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En la pequeña aldea del Roncudo los habitantes se tiraban piedras contra sus propios tejados, pero no por gusto. De qué otra forma podrían proteger sus tejas, hace cien años, del viento salvaje del noroeste. De ese que sopla sin piedad en cualquier época del año. Y más aquí, en la cima. Fue el ingenio -y la sangre de su gente- lo que hizo que en pueblos como este, incomunicados y aislados durante cientos de años, se diera la vida.

horreo roncudo

aldea do roncudo puert

De esa vida de hace cien años en la costa gallega, hoy solo quedan casas abandonadas y piedras en los tejados. Muros caídos, algún que otro cartel de “se vende” y mucha nostalgia. Y en lugar de personas, un inmundo parque eólico que ruge más fuerte que la propia mar. Así se conserva la aldea del Roncudo, a dos kilómetros de Corme. La última de Galicia que se mantiene como era a principios del siglo XX, con todos sus hórreos -o cabazos- en pie e incluso una cabaña, también de las últimas que quedan en Galicia.

cabana aldea do roncudo

Pero no es un lugar olvidado a pesar de todo. Un par de románticos suben cada fin de semana. Y desde allí, los percebeiros de Corme bajan a la roca de la Percebellosa a faenar, casi a diario, a través de dos kilómetros de acantilado. Todavía hay ojos que acarician esta pequeña villa de apenas seis casas. Las aldeas, como las personas, no mueren mientras alguien las recuerde. Mientras alguien las mantenga vivas.

A pocos minutos de allí, las piedras que antaño eran casas y hórreos en la aldea de Candelago, luchan por sobrevivir al tiempo y la maleza. El lugar con las mejores vistas de la zona está hoy deshabitado. O eso parece. Al ruido de mis pisadas acercándose se unen unos ladridos y una silueta sale a recibirme al camino. No es una aparición: es José. El único habitante de Candelago que mantiene, con pasión, la casa de su familia.

candelago ruinas

Cómo no iba a quererla si pasó media vida lejos de ella. Con catorce años lo arrancaron y lo “trasplantaron”, como bien expresa él, en Uruguay. Y de ahí a Suiza. Tuvo que pasar casi medio siglo para que sus raíces volvieran a hundirse en la tierra que le vio nacer. Es verdad eso que dicen de que un gallego aprende a amar su tierra cuando la mira desde la distancia.

Aunque cuando José volvió a Corme en 1997, cogió el desvío a la derecha del pueblo y subió la descuidada carretera hasta su pequeña aldea de Candelago, no encontró menos pobreza que la que había entonces. Todo el mundo, como él, había huido de este lugar en el que siempre es invierno, en el que el cielo siempre está a punto de estallar.

Pero José fue afortunado toda su vida, porque siempre tuvo un lugar al que volver.

horreo aldea do roncudo

Estás son solo dos de las más de 60 aldeas abandonas en A Costa da Morte. La mayoría, van apareciendo en el paisaje de O Camiño dos Faros, unas rutas de senderismo que recorren esta costa utilizando los caminos de los percebeiros de las que no tardaré en hablaros.

candelago vistas

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