A Ibiza, de corazón

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Pienso en Ibiza, con su piel morena y su vestido azul Mediterráneo. Con su pelo manchado de salitre y sus pies descalzos, siempre caminando sobre arena mojada, dejando ese rastro de miedos y sueños sin cumplir por la orilla de la vida. 

Pienso en su mirada perdida y en su falsa sonrisa. En sus ojos morados, llenitos de noches sin dormir. En su boca manchada siempre de otros labios, de otro carmín. 

Ibiza, la dueña de tantos anhelos y besos quemados por luces de neón. La protagonista infinita de un sueño de verano del que le prohibieron despertar. Atrapada para siempre en la irrealidad de una vida ya escrita, ya elegida. Ya vivida.       

Porque Ibiza nunca podrá ser quién quiera ser. Nunca será libre ni valiente, ni bonita ni guerrera ni hermosa como fueron Praga, o Stone Town, o Madrid, o Menorca, o Verona. No tendrá alas ni sueños, ni voz propia. Será cómo otros contaron que sería. Será una copia, un intento. Será solo palabrería.

Hablará con otras voces hasta olvidar la suya propia y esconderá sus ojos hasta que nadie recuerde ya de qué color eran. Tal vez por vergüenza, tal vez por pena. Tal vez por osadía. No habrá revoluciones en su arena ni bolboretas revoloteando por su tripa morena. No se enamorará de nadie, nunca, porque amor es eso de lo que todos hablan cuando huele a café por las mañanas y olvidan cada noche en una pista de baile llena, como ella, de falsas promesas.

Porque a Ibiza le gusta más el sexo que los paseos bajo la luna llena. Prefiere los orgasmos vacíos a las manos llenas de cariño. No le gustan las palabras susurradas al oído, ni los suspiros, ni la paciencia. O eso es lo que le contaron. Lo que eligieron para ella.

Delirios de grandeza en Cala d'en Serra
Delirios de grandeza en Cala d’en Serra

Ni siquiera sé cómo mirarla, cómo tocarla, cómo consolarla. Porque eso es lo que de verdad necesita esta isla: un abrazo, y no tantos halagos. Y por eso Ibiza me inquieta, me consume. Me da pena y coraje, rabia y melancolía.

La veo tan triste y sola que a veces me recuerda a mí. Pero solo a veces y durante muy poco tiempo, como si de repente nuestras miradas se cruzaran durante medio segundo -ella siempre aparta la suya- y viera mis ojos reflejados en sus lágrimas saladas y rojas como la sangre. En sus lágrimas de desamor.

Veo cómo se consume, inmersa en esa soledad maldita que siente aquel que siempre está rodeado de gente vacía. Veo lo que le han hecho, en quién la han convertido. Y me da pena y coraje. Y rabia. Y melancolía.

Y no sé qué hacer para sacarle una sonrisa. Ni ella a mí, claro. Y entre nosotras todo se queda en un concurso de silencios que hoy rompo, que hoy pierdo.

Blowing in the wind... en Cala Sant Vicent
Blowing in the wind… en Cala Sant Vicent

¿Podrá sentirlo la isla?

¿Puedes sentirme, Ibiza? Estoy aquí, con las manos llenas de parches para tus heridas. Con vendas y caricias que no sé dónde colocarte, porque no encuentro ni un centímetro de tu piel todavía a la vista.

Traigo historias de lugares lejanos para regalarle a tus oídos, traigo canciones prohibidas, besos apasionados y poesías que hablan de libertad. Pienso que tal vez, si te cuento todo lo que no conoces y nunca verás, lo que podías haber sido y nunca serás, el calor que hace en los corazones contentos… Tal vez así, aleje el frío de tu mirada, calme tu sed, cure tu invierno.

Pero por más que busque entre tus faldas no encuentro un resquicio de esperanza, de calma, de alegría… Mirarte es como querer hacer el amor con alguien que solo se desnuda por dinero.

Restos del pasado en Atlantis, un secreto a voces
Restos del pasado en Atlantis, un secreto a voces

Llegué a Ibiza por casualidad hace ya un mes y medio. Y a diferencia de todos los lugares en los que había vivido antes, yo no la elegí. Ella me eligió a mí. Y todavía no sé por qué. Yo pensaba que no pasaría aquí más de un par de semanas, y al final, todo se fue alargando y la angustia se instaló a vivir en mi pecho como se aferra un cobarde a las excusas. Y yo que siempre fui valiente y guerrera, como todas las ciudades de mi vida, me encontré de repente muerta de miedo en esta isla que ni siquiera tiene el coraje de mirarme a los ojos. De mostrarme quién de verdad es, o quiso ser. Que se esconde sin vergüenza ni piedad siempre en los labios de otros, en las palabras de otros. En lo que otros dicen de ella. 

Y desde entonces no soy sincera, ni conmigo, ni con ella, ni con nadie en la tierra.

Porque en Ibiza nadie sabe soñar y yo no entiendo la vida sin sueños. Cuando miran al cielo, ven aviones en lugar de estrellas. Y duermen por el día en vez de soñar despiertos, que es así como yo entiendo la vida: libre y de colores. Con alas y revoluciones y acordes de canciones de los Beatles. 

Así atardecía el 1 de marzo en Es Vedrá
Así atardecía el 1 de marzo en Es Vedrá

Y seguirá pasando la vida. Seguirán pasando los días entre ella y yo y seguirán los cobardes robando, trocito a trocito, la valentía perdida de una isla que fue reina de todos los mares y amante de todos los marineros. 

Y yo seguiré aquí, a su lado sin querer estarlo.

A la verita suya.

Buscando algún pedazo de piel en el que colocarle mis caricias. Intentando besarla, tocarla, consolarla. Queriendo congelar su mirada en mi retina, para no olvidar nunca, nunca, el color de sus ojos ya sin vida.

Tal vez así, con mi poesía, consiga poner fin a su agonía.

Y si no puedo curarla a ella

al menos estas palabras

me curan a mí misma. 

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