3 poemas para Roma

ROMA POEMAS PORTADA

Frío como el infierno – Benjamín Prado

Roma, 1995

Estamos en invierno y esto es Roma

y tú no estás.

                           Yo voy de un lado a otro

de tu nombre,

                             lo mismo

que un oso en una jaula;

                                                 marco un número;

pongo la radio, escucho una canción

de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith

igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;

miro la calle;

                            pienso en Pasolini;

cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.

                                 La nieve

convierte la ciudad en una parte del cielo,

ilumina la noche,

deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.

                            Yo cierro una ventana,

miro el televisor,

                                   leo a Ungaretti,

                                                                     pienso:

la distancia es azul,

yo soy lo único que hay entre tú y este frío.

Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma

ni ninguna otra parte.

                                              Miro atrás

y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;

has cerrado los ojos

y sueñas con un bosque;

                                                   de repente

alargas una mano,

                                      buscas una manzana

que está en el otro lado de la mujer dormida…

Mientras,

                      yo odio este mundo frío como el infierno

y el cansancio que caza lentamente mis ojos;

odio al lobo que has puesto en la palabra noche

y la forma en que llenas la habitación vacía.

Odio lo que veré

desde hoy y para siempre: tus pisadas

en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

ROMA POEMAS 1

 

Lo que dejé por ti – Rafael Alberti

Dejé por ti mis bosques, mi perdida

arboleda, mis perros desvelados,

mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

ROMA POEMAS 4

 

Roma – Victor Botas

¿Recuerdas una tarde en que te puse flores

granates en el pelo, allá en el Aventino?

Parecías talmente una diosa pagana.

O mejor, una ninfa: la Dafne legendaria

que jamás tuvo Apolo, por obra de los dioses.

Esa tarde aún espera su momento preciso,

temblando en cierta página de un libro ¿Y aquella

noche antigua, su tibieza de estío, rodeados

de faunos y bacantes, de amorcillos inquietos,

en un café de Vía Veneto? ¿La recuerdas? Reías,

reíamos los dos, reíamos como antes

no habíamos reído en nuestras vidas. —¡Oh Dios,

qué sensación maldita de vivir, insoportable, extraña,

de la que nadie me aliviaba! Fue,

fue como si todo, todo, se hubiera ido borrando (el tráfico,

la puerta Pinciana iluminada y ocre, el orgulloso

Excelsior) y tan sólo tú y yo quedáramos en Roma;

solos tú y yo y esa luna tranquila y silenciosa

de todos los amantes, una luna muy pálida y muy grande,

una luna

que también se reía, redonda en su alto cielo cárdeno

y cargado de astros, de estrellas y de dioses,

mil veces más antiguo que el gran cielo de Júpiter.

Solos tú y yo en el mundo, cogidos de la mano

por el Campo dei Fiori. Solos tú y yo en el mundo

por Vía del Babuino, por el Corso, al pie

del viejo arco de Tito, bajo las rotas bóvedas

del Foro de Trajano. Y aquel lento vagar como embrujados

por la villa Borghese o arriba, en el Janículo,

con la ciudad convulsa a nuestros pies,

con la ciudad herida a nuestros pies,

con la ciudad sufriendo a nuestros pies,

adormecida

igual que si acabara de salir

de un ataque epiléptico.

¿Recuerdas todo eso?

También hubo un paseo junto al río: mirábamos

sus aguas que arrastraron graves togas,

cadáveres e imperios,

y batallas y puentes. De uno de ellos te dije: ese

es el puente Emilio, Dafne. ¿Lo recuerdas?

El púrpura del cielo flotará cada día en las colinas

al caer el crepúsculo.

Pero lo más curioso

(lo más curioso, Dafne)

es que nunca estuvimos

tú y yo juntos en Roma.

ROMA POEMAS 2

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